¿Cuál es la diferencia entre el psicólogo, el psicoterapeuta, el psicoanalista y el psiquiatra?
Esta diferencia tiene que ver en principio con los estudios que realiza cada uno:
Psicólogo
El psicólogo tiene estudios universitarios en psicología y atiende las dificultades psicológicas desde una compresión del comportamiento humano. Realiza el diagnóstico y el tratamiento dándole más importancia a las dimensiones del pensamiento, las afecciones y la conducta, ayudándole al paciente a comprender, resolver las dificultades psicológicas y en sus relaciones que enfrenta para de este modo obtener bienestar psicológico.
Los psicólogos licenciados están calificados para dar psicoterapia y consejería, realizan pruebas psicométricas y proveen tratamiento para los trastornos mentales y dificultades psicológicas de la vida cotidiana. A diferencia con el psiquiatra, el psicólogo no cuenta con el derecho de prescribir fármacos como tratamiento (a excepción de algunos países en los que sí pueden dar medicamentos). En ocasiones, un psicólogo puede trabajar en conjunto con un psiquiatra que provea un tratamiento fármaco para los trastornos mentales, mientras el psicólogo provea psicoterapia.
Psiquiatra
El psiquiatra en cambio tiene una formación en medicina y una especialización en trastornos psiquiátricos, su enfoque generalmente es médico y le da más importancia a los aspectos orgánicos de los trastornos mentales. El psiquiatra utiliza principalmente la farmacología (prescripción de fármacos) para mejorar los síntomas incapacitantes de los trastornos psicológicos, sin embargo algunos también realizan intervención con psicoterapia (esto significa que aprenden técnicas de ciertas psicoterapias, sin que sea necesario la obtención de un título universitario)
Usualmente, el psicólogo se encarga del tratamiento psicoterapéutico y el psiquiatra controla la medicación en caso que sea necesario. Es común que ambos profesionales trabajen de la mano en algunos casos como son la depresión mayor, el trastorno bipolar y el trastorno borderline.
Psicoterapeuta
Es importante aclarar que psicoterapeuta tiene una especialización en psicoterapia (en un instituto privado) pero no posee necesariamente estudios universitarios. Por tal motivo el psicoterapeuta no está controlado ni protegido por la ley (como sí lo está el psicólogo y el psiquiatra). El título de psicoterapeuta no es controlado: no existe reglamentación, programa universitario permite enseñar el arte de la psicoterapia. La psicoterapia se refiere al trabajo del descubrimiento de sí, el mejoramiento de la calidad de vida y de las relaciones de una persona (en ocasiones los psicólogos y los psiquiatras se llaman así mismos psicoterapeutas). Los psicoterapeutas están formados en diversas técnicas y enfoques como laTerapia Gestalt, la PNL (Programación neurolingüística), el psicodrama, la hipnosis, entre otras. Generalmente estas técnicas de psicoterapia son más directivas que los enfoques utilizados por los psicólogos, se apoyan más en el consejo y la búsqueda de soluciones: el terapeuta interviene, realiza frecuentemente feed-back, sugiere y aconseja, dando lugar a un trabajo interactivo.

Psicoanalista
El psicoanalista no necesariamente tiene estudios universitarios de psicología clínica, sin embargo en su mayoría poseen estudios de medicina/psiquiatría, de psicología o bien de filosofía. El psicoanalista tampoco está controlado ni protegido por la ley. Un psicoanalista realiza sus estudios en un instituto privado bajo la enseñanza de uno o varios especialistas. Asimismo, tiene por obligación de seguir él mismo un análisis personal durante varios años, antes de ejercer.
El enfoque que practica el psicoanalista es el análisis, ya sea en diván o en sillón frente a frente. Una de las diferencias principales con los demás enfoques psicológicos es que trabajar a partir del inconsciente: es decir, postula que no tenemos control voluntario ni consciente del curso de nuestra vida, por lo que resulta necesario un análisis profundo del inconsciente. El tratamiento psicoanalítico explora cómo estos factores inconscientes afectan las relaciones actuales y patrones de pensamiento, emoción y de comportamiento.
Una de las consultas que me hacen frecuentemente es cómo diferenciar a un buen psicólogo de uno que no lo es. Como es sabido, en psicología existen diferentes escuelas, algunas científicas y otras no, algunas con terapias que han demostrado ser eficaces y otras que no. Muchas personas se sorprenden al descubrir que pueden estar pagando sesiones a una persona que está aplicando “tratamientos” que no están reconocidos por ninguna universidad, o acudiendo a consulta con personas que no son realmente psicólogos. Voy a dar diez claves básicas (por eso del gusto que le tenemos a los decálogos) que pueden ser útiles para decidir a qué psicólogo acudir y si vale la pena que sigamos en nuestra terapia actual.

¿Realmente es psicólogo?
Puede parecer estúpido plantearlo, pero no todo el mundo que abre una consulta tiene un título oficial de psicología. Sí, esas cosas ocurren. Recuerda que en España no existe la profesión de “psicoterapeuta” o “terapeuta psicológico”. Cuando alguien utiliza estos términos, en muchos casos lo hace porque no tiene la formación necesaria para ejercer de psicólogo. De cualquier manera, la mejor garantía de que esa persona es un psicólogo titulado es que tenga bien visible el número de colegiado de alguno de los Colegios Oficiales de Psicología. Un profesional colegiado garantiza que tiene la titulación necesaria y que se acoge al Código Deontológico del psicólogo (un conjunto de normas de ética profesional. La más conocida es la del llamado “secreto profesional” pero hay muchas más. La mayoría de los Colegios Oficiales de Psicología tienen directorios públicos de sus colegiados, por lo que no tienes más que entrar en la web del COP de tu zona y consultarlo (www.cop.es, apartado “Colegios”).
No sólo es necesario ser psicólogo para abrir una consulta
Una vez que has comprobado el número de colegiado, toca saber si tiene formación específica para ayudarnos con nuestro problema. En psicología hay varias especialidades, aunque sólo está reconocida la de Especialista en Psicología Clínica, necesaria para trabajar en la Sanidad Pública pero no en la clínica privada. Para trabajar en la privada hay que tener el título de Psicólogo General Sanitario. Tener ese título a la vista garantiza que la persona ha recibido formación clínica. Para la Psicología Educativa, Neuropsicología o Psicología Jurídica no hay ninguna titulación oficial, por lo que no está de más conocer si ha realizado formación de posgrado en estas subespecialidades (un Postgrado o Máster, recuerda que el Máster implica normalmente el doble de horas que un Experto).
Infórmate bien sobre el tipo de terapia que realiza
Comprobar que la persona que te atiende tiene la titulación necesaria para abrir una consulta o gabinete de psicología es lo mínimo para no ser víctima de un fraude. El siguiente paso es saber qué tipo de terapia realiza. No todas las terapias han demostrado ser efectivas, por lo que puede darse el caso de que encuentres a un psicólogo titulado que realiza un determinado tipo de tratamiento que no es eficaz para tratar un determinado problema. Seguro que a mucha gente le sorprenderá este punto, pero hay muchos profesionales que por haber recibido determinada formación o por gustos personales eligen realizar tratamientos sin evidencia, lo que supone una vulneración del Art. 6 del Código Deontológico, que obliga al principio de “solidez de la fundamentación objetiva y científica de sus intervenciones profesionales”. Pregúntale a tu psicólogo qué terapia realiza y qué evidencia hay de que su terapia es efectiva para un problema como el tuyo, cuántas sesiones durará aproximadamente y cómo será el método de trabajo. No te cortes, tienes todo el derecho a tener esta información, y si es necesario, pide referencias sobre el tipo de tratamiento que desarrolla.
Comprueba si en las primeras sesiones hay una evaluación, un diagnóstico y una propuesta tratamiento
Las terapias con evidencia científica comienzan con una evaluación del problema. Esta evaluación no debería llevar más de tres sesiones salvo excepciones (jamás debe superar las 5 sesiones, y eso debe estar absolutamente justificado. Pide explicaciones). Una vez realizada la evaluación, el psicólogo debe darte un diagnóstico del problema, que no necesariamente será el nombre de un trastorno (un trastorno es un conjunto de síntomas. Cuando una persona tiene todos esos síntomas le damos tal nombre, pero eso no nos da información de las causas que provocaron el problema y los factores que hacen que se mantenga a día de hoy. Por esta razón, muchas veces más que un nombre, el psicólogo te dará un diagnóstico del problema que llamamos “funcional”). Una vez tiene el diagnóstico, vendrá la propuesta de tratamiento. Tienes derecho de saber qué tipo de terapia va a utilizar e incluso a pedirle otras opciones de tratamiento. Asegúrate de que tiene formación en esas opciones (un psicólogo con un Máster en Psicoanálisis probablemente no tendrá la formación ni la experiencia para hacer Terapia de Aceptación y Compromiso, por ejemplo). Si no se cumple este procedimiento, pide explicaciones.

Número, duración y frecuencia de las sesiones
Pregunta cuántas sesiones serán necesarias aproximadamente. Normalmente, el número de sesiones necesarias para un tratamiento no superará las 20. Si es así, debe estar absolutamente justificado. Pide explicaciones. La duración media de una sesión es de 55 – 60 minutos. Hay terapias que hacen sesiones de 90 minutos. El tiempo de duración de una sesión no es un factor importante en la eficacia del tratamiento, pero en menos de 45 minutos es difícil realizar una terapia en condiciones. En la mayoría de los casos, las sesiones tendrán una frecuencia semanal. En casos excepcionales, y sólo durante las primeras sesiones, se podrá plantear una frecuencia de dos sesiones semanales. Si es así, pide explicaciones. Nos hemos encontrado profesionales que plantean más de dos sesiones por semana. Debes saber que los tratamientos con apoyo empírico no plantean en ningún caso más de dos sesiones semanales, así que si quieres pagarlas es tu decisión, pero eso no implica que el gasto extra se relacione con más eficacia o con resolver antes el problema.

Qué NO es un tratamiento psicológico
Frecuentemente nos encontramos en consulta con personas que han ido a otros profesionales. Cuando les preguntamos qué hacían en las sesiones, nos cuentan que dedicaban el tiempo a hablar sobre lo que les pasa, y así hasta que se cansaron de ir. Los tratamientos psicológicos no consisten simplemente en hablar sobre lo que a uno le ocurre. Consiste en que el psicólogo explique cómo surgen las emociones, los pensamientos y los comportamientos desagradables y cómo afrontarlos y desarrollar una serie de técnicas para ello. Un dato importante: la mayoría de las personas se sienten mejor durante las primeras sesiones simplemente por hablar de su problema. No debes confundir ese alivio inicial con eficacia, ya que se disipará pronto. Es más, ir a consulta no siempre implica salir aliviado. A veces hay que enfrentarse a problemas duros para superarlos. Si tienes dudas sobre el proceso, pregunta siempre al psicólogo por qué hace lo que hace. Todo lo que un profesional hace en consulta debe estar justificado por la evidencia científica.
Sería muy deseable que en lugar de poner nuestra energía en el tratamiento de problemas cuando éstos ya están presentes, fuéramos capaces de anticiparnos e ir organizando nuestra vida en cada una de las etapas evolutivas de forma saludable, promocionando hábitos saludables en lugar de ir con posterioridad desesperados intentando «apagar fuegos», tratando los problemas que van surgiendo o, aún peor, tratando de negarlos, incluso conscientes de que el tiempo no sólo no los resuelve, sino todo lo contrario. Con este ánimo, proponemos una serie de medidas que cualquiera puede ir atendiendo en aras a preservar su salud sexual, en el caso del hombre, su capacidad de respuesta eréctil.
La erección es involuntaria
El hombre no puede tener o eliminar una erección a voluntad. Sólo puede dejarse llevar por una situación estimulante desde un punto de vista sexual, y su sistema nervioso autónomo pondrá en marcha el mecanismo correspondiente. Y, curiosamente, cuanto más se esfuerce un hombre por tener una erección y más pendiente esté de ella, más fácil será que ésta no aparezca o se interrumpa.
Buen sexo no es siempre coito (penetración vaginal)
Resulta educativo para cualquier pareja disfrutar del placer cómplice compartido sin el coito como plato del menú sexual. Caricias de todo tipo, con manos, boca, piel, juguetes sexuales, la felación, el cunnilingus… son múltiples las alternativas que permiten descubrir que ambos pueden disfrutar del placer sexual sin la participación del pene en erección. Es una buena práctica educativa frente al impacto paralizante que un eventual «gatillazo» causa en hombres y parejas que, además de no esperarlo, no han desarrollado estrategias de disfrute alternativas. Corren así el riesgo de vivir la ausencia o pérdida de erección como la ausencia o pérdida de placer sexual. En suma, si cualquier hombre, en un momento dado, se descubre demasiado pendiente de su erección, más vale dejar la idea de penetrar y disfrutar de un placer que no requiera el pene erecto.
No es cierto que ya habrá tiempo
Los encuentros sexuales pueden ser programados, no es necesario que el sexo sea espontáneo: no lo hacen ni mejor ni más auténtico
Es también muy educativo ir de manera periódica explorando la posibilidad de introducir o cuestionarnos, aunque sean en apariencia, mínimos cambios en nuestro estilo de vida. Conocer y darnos cuenta de la poderosa influencia que el estrés, el exceso de trabajo o su adicción tienen sobre nuestra sexualidad. El placer requiere su tiempo, ponerlo en la agenda. Hay que olvidar el mito de la espontaneidad. Debemos ser espontáneos dentro de las horas acordadas para el placer. De otra forma, las múltiples obligaciones impiden dejar espacio-tiempo para el placer. Es lo que siempre tendemos a sacrificar, con el autoengaño de que ya habrá tiempo, de que si esperamos a que surja de manera espontánea es mejor, más auténtico. Pero no suele ser así, esperando el arrebato espontáneo, de pronto los días son semanas, incluso meses… Y «órgano que no trabaja se atrofia», algo que sucede también con los sexuales. Las investigaciones pioneras sobre conducta sexual realizadas por Alfred Kinsey le permitieron observar que las personas que con más frecuencia disfrutaban del sexo durante más años mantenían dicha capacidad de disfrute. En cambio, cuanto más escasamente disfrutan del sexo las personas, éste tiende a espaciarse más y se abandona con mayor prontitud en la madurez.
La erección, aunque no sea pétrea, puede disfrutarse
El pene mantiene su capacidad de sentir placer aunque no esté rígidamente erecto. Es más, con una buena disposición por parte de la pareja, es posible también introducir el pene fláccido o casi fláccido en la vagina. Son formas de disfrutar de sensaciones genitales sin la «exigencia» de rigidez, causa frecuente de su paradójica incapacidad.
Cuidar la salud es cuidar la sexualidad
Otro aspecto dentro de los cambios de estilo de vida es el de los hábitos saludables generales. La salud sexual es un aspecto de la salud global. Ya hemos mencionado que los problemas con la erección son síntomas centinelas de que existen otras enfermedades como la hipertensión, ateroesclerosis, diabetes, etc. De hecho, cada vez disponemos de más evidencias de las semejanzas entre el tejido cardíaco y el eréctil. Las prácticas saludables para aquél también lo son para éste. Quien desea mantener su salud, también la sexual, incluida la capacidad de respuesta eréctil, debe dejar el tabaco y otras drogas, beber con moderación y prestar atención a los medicamentos que le son prescritos. Cada vez conocemos más sobre los posibles efectos adversos antisexuales de algunos (tabla DE4). Si surgen dificultades sexuales estando medicado, hay que consultar con el médico al respecto. Y quien padece alguna enfermedad sistémica (verlas en tabla DE1), controlarla y seguir los consejos médicos es cuidar su salud, también la sexual.
Disfunción eréctil
La dificultad o imposibilidad para poder alcanzar o mantener una erección suficiente como para llevar a cabo la penetración y realizar el coito ha sido conocida históricamente con el nombre de impotencia. Este nombre, con una gran carga negativa, parecía describir tanto esa imposibilidad física como el sentimiento de frustración del paciente y de los profesionales de la salud que tenían que atender estos casos con muy pocos recursos.
Por fortuna, hoy hablamos de disfunción eréctil. Esto supone más que un cambio de nombre. Hay nuevas terapias, nuevos recursos farmacológicos y quirúrgicos que han desterrado el pesimismo de este problema sexual y permiten dar respuesta clínica a esta disfunción sexual que se estima que puede afectar a casi dos millones de españoles. De hecho, la disfunción eréctil y la eyaculación precoz constituyen los problemas de carácter sexual más frecuentes entre los varones, que repercuten en la calidad de vida tanto de quien la sufre como de su pareja.
La disfunción eréctil y la eyaculación precoz constituyen los problemas de carácter sexual más frecuente entre los varones
Otra consideración relevante sobre la necesidad de atender la capacidad de respuesta de erección del hombre es que ésta se puede comportar como un síntoma centinela de otras enfermedades subyacentes importantes, como hipertensión, ateroesclerosis, diabetes, etc. (tabla DE1).
El primer estudio de envergadura sobre la incidencia entre la población de este problema fue el llamado MMAS (Massachusetts Male Aging Study), realizado en Estados Unidos en el año 1994 en 1.290 varones de edades comprendidas entre 40 y 70 años. La prevalencia de disfunción eréctil de cualquier grado era del 52% de la población masculina. Con posterioridad, en España (1999) se realizó el estudio EDEM (Epidemiología de la Disfunción Eréctil Masculina) en el que se evaluó a 2.476 varones españoles, de entre 25 y 70 años de edad. Se encontró algún grado de disfunción eréctil en el 12,1% de los casos. En el caso español, si nos fijamos en el rango que comprende hombres de entre 40-70 años, el 24,6% padece disfunción eréctil, lo que pone de manifiesto que la prevalencia de la disfunción eréctil en nuestro país es inferior a la detectada en el MMAS. Ambos estudios demostraron lo que los sexólogos constatábamos en nuestras consultas diarias: la incidencia de la disfunción eréctil aumenta con la edad (tabla DE2). No obstante, es frecuente que un hombre tenga problemas transitorios de erección en algún momento de su vida. Si sucede alguna vez con carácter aislado no debe ser motivo de preocupación.
La disfunción eréctil según la edad
Desde el punto de vista de las causas y del tipo de tratamiento más adecuado, la edad es un factor determinante. La disfunción eréctil tiene causas más frecuentes en función de los distintos periodos evolutivos del hombre.
En el joven
«Hace un año que soy impotente. Ha sido desde que tengo novia y hemos querido tener relaciones sexuales. No sé qué pasa, pero evito que nos veamos a solas y voy dando excusas para que esa situación no ocurra. Cada vez es más difícil convencerla de que no me pasa nada». Es el caso de Juan, quien con apenas 18 años ya experimenta la frustración y angustia del hombre que se percibe como impotente.
«En cuanto empezamos a salir, los amigos no paraban de decirme ‘¿ya te la has tirado?’ y cosas por el estilo. Disimulaba ante ellos, pero me sentía obligado a hacerlo con ella lo antes posible. Aunque no estaba muy seguro de qué es lo que quería hacer cuando estuviéramos solos ella y yo las primeras veces».
La disfunción eréctil de Juan es debida a la presión psicológica que le ocasiona la responsabilidad que él mismo se atribuye para «hacerlo bien como hombre». La idea de cumplir en un chico que no ha tenido experiencia sexual previa actúa como una losa; si bien no sabe con exactitud qué debe ser cumplir, siente que el placer de su chica es responsabilidad suya y sobre todo responsabilidad de su pene. Estos casos son fácil y rápidamente tratables.
En el adulto joven
«Desde hace unos meses no puedo tener una erección. Mi mujer y yo trabajamos, llegamos a casa tarde y cansados, apenas con fuerzas como para cenar algo y tumbarnos a descansar y dormir. En la empresa las cosas van bien, lo que pasa es que tengo mucho trabajo -y me gusta, pero es mucho-. La verdad es que hace ya tiempo que el sexo no es más que una especie de obligación más, llega el fin de semana y toca. Muchas veces en realidad tengo ganas de descansar. Si salimos a cenar y tomar algo, lo que realmente tengo ganas de hacer después es dormir, pero si no lo hacemos no es normal. Ahora, desde que no tengo erección, la cosa es mucho peor. Me agobia la idea del sexo, del fin de semana. Ella nota que la evito y está más agresiva conmigo. Estamos discutiendo más por cualquier cosa».
La terapia sexual avanza más rápida y eficaz si ambos miembros de la pareja se implican en el proceso
Luis, de 32 años, trabaja en una empresa en la que es apreciado por su dedicación y éxito profesional. No tiene ningún conflicto con Rosa (29 años, su mujer) pero el estrés laboral, la falta de tiempo para ellos, y ahora sus dificultades en la cama, han comenzado un proceso que, de no haber venido a consulta, rápidamente deterioraría su relación.
El estrés laboral, el sentimiento de sentirse agobiado, es el desencadenante inicial de su disfunción eréctil. Estos fallos de erección se producen también cuando hay problemas laborales o pérdida de empleo. En muchas ocasiones, los procesos depresivos desencadenados por las situaciones de desempleo causan disfunción eréctil. No en vano, los estados depresivos son muy dañinos sobre la respuesta sexual. Incluso en ocasiones, la falta de erección asociada con la falta de deseo sexual es la primera y tal vez la única manifestación del trastorno depresivo.
El tratamiento de estos casos de disfunción eréctil puede suponer el afrontamiento simultáneo de los cuadros de ansiedad, depresión y de cualquier otro conflicto psicológico de base o asociado (tabla DE3), por lo que en ocasiones, y por un periodo breve y transitorio, puede requerir el uso de fármacos como ansiolíticos o antidepresivos en el proceso de terapia sexual. Así, se facilita que el paciente goce del suficiente autoapoyo como para centrarse de manera específica en el problema sexual, donde la implicación de su pareja será clave para facilitar la resolución del problema.
Un factor que contribuye a incrementar un posible estado depresivo o ansioso es que, además, se haya producido una separación o divorcio. En otras ocasiones, el hombre no tiene pareja y precisamente su miedo a fallar hace que autosabotee cualquier incipiente relación en cuanto vislumbra que puede acabar en sexo. El miedo a no poder dar la talla lo aleja cada vez más de las relaciones sociales. En todos los casos en que el hombre no dispone de pareja, la terapia sexual es, si cabe, más importante y decisiva. Como es obvio, el proceso de terapia suele ser más prolongado y en él se abordará el apoyo a su autoestima.
En adultos de mediana edad
«Desde hace unos meses no tengo erecciones con mi mujer. Lo he intentado pero no lo consigo, me pongo nervioso, ya antes de comenzar estoy pensando que no podré conseguirlo. Tengo 54 años, hasta hace un año alguna vez había perdido la erección. No le dimos importancia, pero ahora, no aguanto la erección. Si no eyaculo pronto, pierdo la erección. Al principio mi mujer decía que no me preocupara, pero la veo cada vez más distante. Me ha llegado a preguntar si hay otra. No sé cómo convencerla de que no entiendo lo que me pasa».
Adolfo, fumador de paquete y medio de tabaco diario, con un trabajo de oficina que le facilita una vida sedentaria, sin suficiente ejercicio físico, con unos kilos de más, una tensión arterial ligeramente alta y con algo de «colesterol» sufre una afección leve en su sistema vascular. El mecanismo de erección del pene forma parte de dicho sistema por lo que todo lo que afecta a la circulación, afecta a la erección. No es que no pueda tener una erección por todas las cosas que físicamente le ocurren, sino que si a ello se le suma la preocupación y la autoexigencia por tenerla, se completa el círculo de factores que acaban deteriorando su respuesta erectiva.
El tratamiento del problema de Adolfo es relativamente rápido al inicio si cuenta con la colaboración cómplice de su esposa. La terapia sexual avanza siempre más rápida y eficaz si ambos miembros de la pareja se implican en el proceso. Resulta evidente que la mejora de su calidad de vida será decisiva también para mejorar su erección durante los próximos años, en los que habrá que contar con el tratamiento de los problemas médicos y, de manera previsible, con la ayuda de un grupo de fármacos prosexuales, los inhibidores de la PDE5 (viagra, cialis, levitra).
Conviene alertar que los fármacos que se citan tienen que tomarse bajo prescripción médica. Se trata de un medicamento que no es inocuo si se ingiere sin la supervisión de un facultativo y con las dosis adecuadas. Además, para aquellas personas que pudieran tener la tentación de multiplicar su potencia gracias a ellos, conviene advertirles que no es así. Como fármaco que es, cura una patología pero no sirve para otras facultades.
En el hombre mayor
La edad avanzada no es una enfermedad. Por fortuna, cada vez más hombres llegan a cierta edad en un estado saludable. En esta situación, no hay por qué esperar ningún problema con la repuesta sexual. No existe ninguna edad de jubilación sexual. No obstante, hoy por hoy también son muchos los hombres que van acumulando factores que deterioran su salud -y la sexualidad es un aspecto fundamental de la salud- por lo que se van incrementando los casos de disfunción eréctil con la edad (tabla DE2).
Cuantas más enfermedades vayan manifestándose, en especial aquellas que afectan a los sistemas circulatorio o nervioso, más probabilidades habrá de que eso se traduzca en factores que restan capacidad de erección en los hombres. Otros factores que con frecuencia vienen a sumarse a los que deterioran la calidad de la erección son los mismos fármacos con que tratamos dichas enfermedades, que suelen tener como efecto adverso la perturbación de la capacidad de erección del pene con mayor o menor intensidad.
La gran mayoría de casos de la disfunción eréctil son fácilmente diagnosticables cuando se atienden los aspectos médicos, psicológicos y sociales
El tratamiento de la disfunción eréctil del hombre de edad avanzada pasa por la atención médica de la enfermedad o enfermedades que contribuyen a que ésta aparezca. Con frecuencia el tratamiento de estos casos se beneficia también del uso de los inhibidores de la PDE5 antes mencionados (viagra, cialis, levitra) que, como una suerte de «muletas químicas», son de utilidad, bien al inicio de la recuperación de la capacidad eréctil o bien constituyen un apoyo farmacológico más o menos permanente para el hombre, dependiendo de su estado global de salud. El éxito resulta de la adecuada integración de estos recursos médicos y farmacológicos en el proceso de terapia sexual, que, en el caso de haberla, se beneficia de la implicación de la pareja, como sucede por lo general en el tratamiento de problemas sexuales.
Soluciones
Por fortuna, en la actualidad la gran mayoría de los casos de disfunción eréctil son fácilmente diagnosticables cuando se atienden los aspectos médicos (su estado físico, enfermedades, medicamentos, drogas, etc.), psicológicos (cómo se encuentra y cómo está repercutiendo en la pareja, si la tiene) y sociales (el contexto en el que vive y surge el problema) que pueden estar implicados en la aparición de la disfunción.
La sequedad vaginal es un trastorno muy común, y es importante que la mujer sepa cómo evitar que se convierta en un obstáculo insalvable para el disfrute sexual
La terapia sexual se ha visto auxiliada tanto por la integración de recursos psicoterapéuticos como por el creciente desarrollo de la farmacología sexual, que permite disponer de medicamentos cuyo óptimo manejo está en manos del médico sexólogo en el marco de la intervención terapéutica adecuada a cada caso.
Como en casi todas las disfunciones sexuales, el mejor pronóstico se da en los casos en los que afecta a una pareja sin grandes conflictos y con una buena disposición a la colaboración activa entre ambos.
Principales causas médicas de disfunción eréctil
Fuente: Documento de Consenso sobre Disfunción Eréctil. Elaborado por 12 entidades científicas. 2002
Conflictos de pareja
Problemas con la propia imagen
Baja autoestima
Estrés
Problemas en el entorno social o laboral
Factores del desarrollo y la educación sexual
- Neuropatía: educación muy prohibitiva con respecto al sexo.
- Neuropatía Creencias sexuales erróneas.
- Neuropatía Traumas sexuales en la infancia o en las primeras experiencias.
- Neuropatía Abuso sexual en la infancia.
- Neuropatía Miedo excesivo al embarazo y a infecciones de transmisión sexual.
Otros trastornos sexuales y de la identidad sexual
- Parafilias
- Problemas de identidad sexual
- Problemas de orientación sexual
- Eyaculación precoz
- Trastornos del deseo sexual
Ansiedad de rendimiento y actitud de espectador
Trastornos psiquiátricos
- Depresión
- Ansiedad
- Psicosis

Causas psicológicas y sexuales de la disfunción eréctil
Fuente: Documento de Consenso sobre Disfunción Eréctil. Elaborado por 12 entidades científicas. 2002
Causas vasculares: 60-80%
Causas neurológicas: 10-20%
Causas hormonales: 5-10%
Patologías genéricas
- Patologías genéricas
- Arteriosclerosis
- Tabaco
- Hiperlipemia
- HTA
- Diabetes
- Enfermedad de Peyronie
- Fracturas pélvicas
- Traumatismos perineales
- Fractura de cuerpos cavernosos
- Trasplante renal heterotópico
- Síndrome de Leriche
- Bypass aortoiliaco o aortofemoral
- Secuelas de la Radioterapia
- Secuelas del priapismo
De sistema nervioso central
- Accidente cerebrovascular
- Síndrome de apnea del sueño
- Enfermedad de Alzheimer
- Enfermedad de Parkinson
- Tumor cerebral
De la médula espinal
- Traumatismos
- Causa compresiva (Hernia discal)
- Enfermedad desmielinizante (Escl. Múltiple)
- Causa tumoral (Tumor medular)
- Enfermedad vascular (Infarto medular)
- Enfermedad infecciosas (Tabes dorsal)
- Mielomeningocele
- Enfermedades degenerativas Iatrogenias
Nervios periféricos
- Neuropatía diabética
- Neuropatía alcohólica
- Secuelas postquirúrgicas
- Prostatectomía
- Cistoprostatectomía
- Resección transuretral de próstata
- Cirugía de la médula espinal
- Amputación rectal
Exceso de estrógenos
- Latrogénico exógeno
- Hepatopatías
- Tumores productores de estradiol o de HCG
Hiperprolactinemias
- Latrogénica por fármacos
- Tumor hipofisario
Hipogonadismos
- Hipogonadotróficos
- Hipergonadotróficos
Disfunciones tiroideas
- Hipertiroidismo
- Hipotiroidismo
Disfunciones suprarrenales
- Síndrome y enfermedad de Cushing
- Insuficiencia suprarrenal
Hiponutriciones severas
Principales causas derivadas de la ingesta de fármacos de disfunción eréctil
Fuente: Documento de Consenso sobre Disfunción Eréctil. Elaborado por 12 entidades científicas. 2002
Fármacos con acción hormonal
- Disminuyen o inhiben la acción de la testosterona: antiandrógenos,estrógenos, anabolizantes, esteroides, espironolactona, ketoconazol, digoxina, clofibrato, cimetidina.
- Aumentan los niveles de la prolactina, una hormona cuya principal función es estimular la producción de leche de las madres que amamantan, aunque está presente en todas las personas, tanto hombres como mujeres: cimetidina, metoclopramida, fenotiazinas, opiáceos, endorfinas, haloperidol, antidepresivos tricíclicos,metildopa.
Fármacos psicótropos
- Antipsicóticos y neurolépticos: fenotiazinas, tioxantinas, tioridazinas, butirofenonas.
- Antidepresivos: tricíclicos, tetracíclicos, IMAOs, ISRS.
- Ansiolíticos: benzodiacepinas.
Fármacos antihipertensivos
- Simpaticolíticos: clonidina, metildopa, reserpina, guanetidina.
- Bloqueantes beta-adrenérgicos: propranolol, pindolol, atenolol, metoprolol.
- Diuréticos: espironolactona, tiazídicos.
Dificultades con la lubricación vaginal
Se define el trastorno de la excitación sexual femenina como la incapacidad persistente o recurrente para conseguir o mantener la excitación. El síntoma que percibe la mujer y que es el que mejor describe el trastorno es la dificultad para lubricar su vagina en respuesta a una estimulación sexual adecuada.
Tiene la sensación de permanecer seca de forma que la penetración, el intento de penetración o la simple manipulación de su vulva le resulta incómoda o francamente molesta. Es menos o en absoluto apreciable para una mujer el hecho de que presente disminución de la hinchazón genital adecuada (clitoridiana o labial) y falta de alargamiento, dilatación y excitación vaginales.
La prevalencia específica de este trastorno no ha sido bien delimitada. Los estudios al respecto la engloban entre el conjunto de las disfunciones sexuales femeninas, de forma que se describe una prevalencia que varía desde un 25% a un 63% de la población femenina. En cualquier caso, en el trastorno de la excitación sexual femenina un factor clave es la edad de la mujer. Este trastorno suele presentarse especialmente tras la menopausia, sea esta quirúrgica o fisiológica.
Con el cese de la regla (menopausia) es frecuente que aparezca este problema, que viene desencadenado por la falta de estrógenos en la mujer, como comentamos en el capítulo que dedicamos a la sexualidad en la menopausia y climaterio. Otras causas médicas, mucho menos frecuentes, pueden ser desde ciertas enfermedades, la propia atrofia del tejido genital (kraurosis), por lo general en edad avanzada, y puede ser un efecto adverso de algunos medicamentos, como, por ejemplo, el uso reiterado de ciertas cremas con corticoides.
Cuando el trastorno de excitación aparece en mujeres más jóvenes, que aún no han alcanzado su climaterio, suele deberse a causas psicológicas, relacionadas en su mayoría con preocupación y miedo alrededor de la propia experiencia sexual inmediata: miedo al embarazo, al contagio, a ser descubiertos, a ser rechazada por la pareja, etc. En las chicas más jóvenes es bastante frecuente que se trate de una simple mala técnica de estimulación sexual. El escaso juego sexual previo al coito impide que la vagina se encuentre lubricada de manera adecuada, de forma que tanto los intentos de penetración como la misma penetración resultan molestos, cosa que desconecta todavía más a la mujer de su proceso de excitación, lo que a su vez aleja la posibilidad de que fluya su respuesta de lubricación.
Sequedad vaginal
Es la molestia principal de la mujer con trastorno de excitación sexual. Es importante que toda mujer, especialmente aquella que se encuentre en su menopausia y comience a sentir sequedad vaginal, sepa cómo evitar que esto sea un obstáculo insalvable para su disfrute sexual. De entrada, cualquier mujer que comience a percibir sequedad vaginal y/o insuficiente lubricación en las relaciones sexuales, con independencia de su edad, debe dedicar especial atención al disfrute del juego sexual no coital, es decir, a las caricias de todo tipo, que si bien son clave para el disfrute de cualquier pareja, en estos casos puede suponer la diferencia entre sentir placer o molestias. Es muy importante cuidar la vulva y la vagina, como cualquier otra parte de nuestro cuerpo. Si proporcionamos a nuestro cutis cuidados con cremas, la vulva y la vagina también requieren de atención cuando aparece la sequedad vaginal. En la farmacia se pueden encontrar, sin necesidad de receta médica, geles que contienen isoflavonas de soja, con propiedades hidratantes y suavizantes que ayudan a evitar la sequedad vaginal. Los comprimidos de isoflavonas, las cápsulas de aceite de onagra o las vitaminas A y E también mejoran el estado de la piel de todo el cuerpo y las mucosas.
La sequedad vaginal es un trastorno muy común, y es importante que la mujer sepa cómo evitar que se convierta en un obstáculo insalvable para el disfrute sexual
En el capítulo sobre la sexualidad en menopausia y climaterio se comentan los criterios sobre la conveniencia de la Terapia Hormonal Sustitutoria (THS), así como las cautelas que deben seguirse durante el tratamiento de reposición hormonal con estrógenos y progestágenos. Tanto si la mujer recurre a la THS como, de manera especial, si no lo hace, es destacable la ventaja, en cuanto a calidad de vida y facilidad para continuar disfrutando de su sexualidad, del uso de lubricantes y geles vaginales antes mencionados. En el caso del uso de lubricantes, es preferible que sean de base hídrica o solubles en agua. Los lubricantes que no se disuelven en agua proceden del petróleo, de manera fundamental se trata de la vaselina y otros aceites minerales. Éstos, a causa de su indisolubilidad en agua, se adhieren a la mucosa vaginal, lo que puede facilitar el desarrollo de gérmenes y disfrazar las infecciones hasta que están demasiado avanzadas.
Es conveniente que el lubricante tenga un pH ligeramente ácido, que no supere el 5.0, similar al habitual de la vagina y que le permite la mejor defensa frente a infecciones o desequilibrios en la flora bacteriana vaginal. Es preferible un gel ligero, de fácil aplicación. Hay menor riesgo de posible irritación vaginal cuando el lubricante carece de sustancias que le confieran sabor, olor o color. Mejor si su efecto lubricante es de larga duración. Eso facilita la espontaneidad en el encuentro sexual por no necesitar estar pendiente del momento de su aplicación previa al coito. Los geles de isoflavonas cumplen esa función. Por último, es recomendable que el lubricante sea fácil de eliminar con el lavado, cosa que también ocurre cuanto más solubles en agua son. Los geles de isoflavonas no requieren de lavado porque actúan como una crema hidratante y suavizante.
La incidencia y prevalencia de los problemas de deseo sexual son difíciles de establecer. Diferentes estudios y autores no coinciden, sobre todo por divergencias en los criterios diagnósticos, y se confunden con frecuencia los cuadros de falta de deseo y las aversiones sexuales. En lo que sí hay consenso es en que la ausencia de deseo es el problema sexual más frecuente en la mujer y que, hasta la fecha, la falta de deseo afecta más a las mujeres (con prevalencia, según autores, entre el 22% y el 51% de la población femenina) que al hombre (con prevalencia, según autores, entre el 10% y el 15% de los varones).
Las personas que tienen este problema suelen formular excusas para evitar una relación sexual con su pareja. Casi nunca se acuestan a la vez que su pareja, siempre tienen alguna excusa pendiente: recoger la cocina, un programa muy interesante en la tele, un trabajo urgente… En ocasiones esa huida les supone un sentimiento de culpa, por no dar respuesta a un compromiso implícito y aumentan los nervios en la medida que se dilata el encuentro. Puede ser un trastorno de toda la vida (primario) o adquirido (secundario), generalizado (con todas la parejas) o situacional (con una pareja específica).
En el deseo sexual inhibido la falta de sentimientos eróticos lleva a ver la relación sexual como un hecho desagradable, incluso un castigo. Este problema es generalizado cuando no existe interés sexual hacia ninguna persona ni circunstancia, y situacional si no aparece interés por la pareja, pero la persona se siente estimulada ante otras personas o ante la masturbación. Algunas veces, más que un deseo inhibido, puede existir simplemente una discrepancia en los niveles de interés sexual entre los dos miembros de la pareja, que poseen niveles de interés dentro del límite normal.
La queja sobre la falta de deseo sexual es muy común. Como causa más frecuente se nombra el alto grado de estrés al que las personas se ven sometidas en la vida cotidiana, donde todo suele estar programado, menos el disfrute sexual y la relación de intimidad con la pareja.
Causas
Las obligaciones domésticas
La vida doméstica tiene sus condicionantes y la teórica equidad de género, en que hombres y mujeres comparten derechos y obligaciones, funciona más de puertas para fuera que en la intimidad del hogar. Estas reminiscencias del modelo patriarcal constituyen la base de ese conflicto de rol y hacen que muchos hombres se sientan inseguros en su papel y defraudados por no tener una mujer que les resuelva la cuestión doméstica. Las mujeres, por su lado, se quejan de su doble función. En especial, las que tienen mayor cualificación laboral e independencia económica plantean con claridad su falta de entusiasmo ante una convivencia de pareja, temiendo la carga que supone la responsabilidad doméstica, de la que tantos hombres saben bien cómo escaquearse. Datos del Instituto de la Mujer sobre el reparto de tareas domésticas apuntan a que el hombre dedica de media 1 hora y 32 minutos a las tareas domésticas, frente a las 4 horas 2 minutos que dedica la mujer al día.
Pero, ¿a qué viene todo esto? ¿no estábamos hablando de deseo sexual inhibido? Ciertamente, pero ésta es una de las cuestiones más recurrentes en terapia sexual cuando se trata la falta de deseo. Creemos, por tanto, que vale la pena dedicar unas líneas a reflexionar sobre lo más inmediato, que a veces de tan cercano ni nos percatamos, pero que representa una gran influencia en nuestra vida sexual.
Problemas de relación y mala elección de la pareja
Otras veces, la falta de deseo se debe a problemas de relación como cuando alguno de los miembros de la pareja no se siente íntimamente vinculado al compañero. Hay personas que tienen graves dificultades para vincularse emocionalmente, la proximidad les asusta y la fusión que supone el acto sexual les da vértigo. Estas personas suelen tener relaciones tormentosas, con grandes broncas y reconciliaciones, sin que exista ninguna lógica, puesto que el vaivén emocional se debe a la necesidad interna de proximidad y alejamiento.
No se debe confundir la ausencia temporal de ganas de tener relaciones sexuales con la falta de deseo sexual, que es un trastorno con raíces físicas y/o psicológicas
En otras parejas se suceden las luchas de poder, la pareja en la que parece que se está casado el uno contra el otro, en lugar de con el otro. En lugar de sumar, restan. Están en pugna continua y su casa no es su hogar, sino un campo de minas ante el que no se puede bajar la guardia. En estas condiciones es un milagro que florezca el deseo sexual. En estos casos pueden aparecer episodios intermitentes de deseo sexual inhibido. Otra de las causas de la falta de deseo es la elección inadecuada de pareja. Aunque nos parezca increíble, algunas personas se emparejan y se casan justo con aquellas que no les despierta ninguna pasión. No podemos olvidar que pasión implica apetito, deseo vehemente de una cosa y también sufrimiento. Muchas personas no están dispuestas al sufrimiento que supone la pasión porque si no se ansía apasionadamente, la pérdida, si llega, no es un trauma. En muchas ocasiones, las personas suelen haber sufrido algún desengaño amoroso y asocian a las personas atractivas desde un punto de vista sexual, como peligrosas, y que pueden hacerles sufrir.
Educación sexual inadecuada o experiencias traumáticas
La educación sexual inadecuada, con actitudes negativas y manifestaciones sexofóbicas, con temor al pecado y el sexo asociado a lo sucio genera un terreno difícil para la expresión saludable de la sexualidad porque obstaculizan la imaginería erótica, antesala del deseo sexual.
Las experiencias sexuales traumáticas y negativas, como el abuso sexual en la infancia, la violación, el acoso sexual y otros atentados contra la libertad sexual pueden tener una incidencia importante en algunas faltas de deseo. Cabe señalar que los abusos sexuales en la infancia los sufren tanto niñas como niños y pueden tener repercusiones negativas en la edad adulta del hombre y la mujer.
Tratamiento
Los problemas de deseo sexual inhibido suelen necesitar de atención sexológica, que incluye trabajar factores de predisposición, relacionados con la historia erótica y la educación sexual, así como otros que tienen que ver con aspectos más profundos y están relacionados bien con los vínculos con los padres y madres o con el miedo a comprometerse en un plano emocional.
La falta de deseo suele tener una repercusión importante en la relación de pareja, sobre todo si es el hombre el que padece esta carencia. La mujer puede sentirse rechazada y poco atractiva, provocándole una gran inseguridad con respecto a la relación. Los hombres suelen llevar mejor esta situación gracias a que los estereotipos de género propician una visión de la mujer menos dispuesta a disfrutar del sexo, mientras que el hombre suele aparecer más dispuesto. Es muy importante hablar con la pareja de esa disminución del deseo, dejando claro que no tiene nada que ver con que se le encuentre menos atractiva y se haya perdido interés por la relación.
Abordar las vías de placer
Para abordar la falta de deseo sexual es fundamental trabajar las vías del placer. A modo explicativo, podemos pensar que existen unas vías neuronales relacionadas con el placer y el deseo sexual. (más…)