La zona de confort y cómo salir de ella.
Los seres humanos tenemos la tendencia a realizar las mismas cosas que hemos hecho durante mucho tiempo. La manera como encaramos el día a día podría ser el resultado de una rutina que hemos cosechado durante años y con la que podemos sentirnos muy a gusto, aunque a veces esa comodidad quizá se traduzca en insatisfacción por no hacer algo más.
Lo cierto es que esta rutina usualmente nos mantiene en un mismo lugar, realizando las mismas cosas, conviviendo con las mismas personas, y viviendo una y otra vez las mismas experiencias que ya no resultan ser tan enriquecedoras, tal como sí solían serlo en el pasado.
Por ejemplo, seguramente habremos tenido la oportunidad de ser contratados en un nuevo trabajo, debido a que el que tenemos ya no nos satisface, y cuando hemos estado a punto de conseguirlo, nos arrepentimos por el temor de no ser lo suficientemente competentes y preferimos abandonar la búsqueda para permanecer con la opción segura en la que ya nos encontramos desde hace varios años. ¿A cuántos no les ha pasado esto?
Y así como podría ocurrirnos con el trabajo, existen muchos ejemplos más que explicarían perfectamente lo que sentimos al no poder salir de nuestra zona de confort: comer algo nunca antes probado, comprar ropa con un estilo diferente al acostumbrado, viajar a un nuevo destino, cambiar de automóvil, mudarnos de ciudad o país, conseguir pareja… Todo esto termina convirtiéndose en un intento frustrado de modificar lo que ya tenemos por algo diferente, pero que tememos hacerlo por culpa de eso que llamamos “miedo a lo desconocido”.

De esta manera, podemos ir descubriendo cómo el permanecer haciendo lo que siempre hemos hecho podría impedirnos vivir nuevas experiencias y no saber nunca si hubiésemos tenido éxito. Sea cual sea el caso, nunca está de más intentar dejar a un lado la rutina y probar cosas nuevas; la clave está en atreverse a intentarlo, y para eso debes descubrir cómo salir de tu zona de confort.
Zona de confort: límites dentro de nuestra mente.
La zona de confort es habitualmente conocida dentro del campo de la psicología como esa sensación de comodidad en la que las personas nos encontramos según el entorno en el que nos desenvolvemos. Por lo general, permanecer en la zona de confort es posible tan solo manteniendo un estilo de vida en el cual siempre se haga lo mismo, aquello a lo que estamos acostumbrados y que nos proporciona un estado de tranquilidad que no genere complicaciones en nuestro día a día.
Esta circunstancia, lejos de ser algo completamente negativo, simplemente nos aleja de situaciones de riesgo por las que no quisiéramos pasar, pero esto significa únicamente que el bienestar adquirido proviene únicamente de no experimentar ningún tipo de emociones negativas como el miedo, la ansiedad o la angustia causada por las incertidumbres propias de no saber qué pueda ocurrir en determinado momento, lo cual quiere decir que difícilmente la experimentación de emociones positivas será el causante del bienestar logrado.

Entonces, el no salir de la zona de confort lo que hace es limitarnos las posibilidades de vivir algo nuevo y conocer cuánto podemos hacer y hasta dónde podemos llegar para descubrir una cara positiva de las emociones como, por ejemplo, alegría, satisfacción, orgullo o entusiasmo por explorar un aspecto desconocido de nuestras capacidades tanto físicas como mentales. Por lo tanto, con esta actitud jamás tendremos la oportunidad de conocer cómo podríamos ser capaces de combatir nuestros propios miedos y temores de hacer algo diferente a lo que siempre hacemos.
Estos límites dentro de los cuales nos encerramos por lo general sólo se encuentran en nuestra mente, porque de alguna manera nos convencemos de que no necesitamos absolutamente nada más de lo que ya hemos logrado, quitándonos a nosotros mismos la posibilidad de ir más allá y dejándonos a la merced de un estado de estancamiento que puede llegar a ser peligroso para el desarrollo de nuestra personalidad, porque siempre nos sentiremos satisfechos con los mismos estímulos que hemos experimentad siempre; sencillamente nos encontramos en un estado de comodidad con lo que ya tenemos y sentimos que no necesitamos nada más.
La zona de confort a su vez está rodeada de dos zonas más que la complementan y sirven para entender de mejor manera por qué algunas personas no pueden salir de ella, pero también cuánta importancia tendría atreverse a explorar un poco más allá de esos límites que nos trazamos en nuestra mente. Se trata de la zona de aprendizaje y la zona de pánico.

Zona de aprendizaje
Es ese espacio mental que se encuentra inmediatamente después de la zona de confort y en la que nos atrevemos a explorar cuando tenemos la disposición de conocer algo nuevo, de adquirir nuevos conocimientos o de poder ampliarlos más allá de lo que ya sabemos.
La zona de aprendizaje es usualmente visitada por aquellas personas que deben aprender algo nuevo, viajar a una nueva ciudad nunca antes visitada, estudiar algún idioma o conocer a un potencial cliente de su empresa; esto puede resultar de acciones voluntarias u obligatorias, dadas ciertas circunstancias específicas, por lo cual hay quienes se entusiasman a explorar la zona de aprendizaje ocasionalmente, por ejemplo cuando deciden aprender una nueva receta de cocina, o en cambio sólo lo hacen cuando es estrictamente necesario y motivado a factores externos, como tener que hacer esa presentación oral que tanto evitaron en el trabajo, lo cual consideran algo peligroso y que atenta contra su bienestar mental. En este último caso, tan pronto como pueden, regresan a la zona de confort, donde se sienten a salvo aunque con un nuevo conocimiento adquirido producto de la experiencia vivida.
Zona de pánico
La zona de pánico está ubicada más allá de la zona de aprendizaje y es el estado mental por el que muchas personas prefieren quedarse en su zona de confort. En esta zona, el desconocimiento de las circunstancias es prácticamente total, y esta situación nos hace pensar que lo mejor sería hasta olvidarnos de averiguar lo que podría ocurrir si nos atrevemos a dar el salto hacia eso que es desconocido.
Pero, paradójicamente, a la zona de pánico también se le conoce como zona mágica, porque quienes se atreven a llegar hasta este punto tienen la oportunidad de experimentar nuevas sensaciones que podrían llegar a ser maravillosas, que no se conocían porque simplemente nunca habían estado allí.
Contrario a la falsa creencia de que la zona de confort desaparece cuando logramos superar la zona de pánico, lo que en realidad sucede es que tanto la zona de confort como la zona de aprendizaje se expanden, se hacen más grandes, reduciendo los límites mentales que nos impiden avanzar y devolviéndonos la tranquilidad de saber que tenemos todo bajo control, pero ahora con la certeza de poder vivir más cosas que antes.
¿Por qué permanecemos en la zona de confort?
La zona de confort es algo que se desarrolla y estimula desde que somos niños. A temprana edad, vivimos rodeados de todas las atenciones posibles que nos brindan nuestros padres y establecemos la idea de que no necesitamos nada más para ser felices, sólo a excepción quizá de algunos caprichos propios de la edad, como algún dulce o un juguete, pero difícilmente un niño querrá el abrazo de esa tía que está conociendo en un momento determinado y por eso se queda aferrado a las piernas de su progenitor; ¿ya los entienden?
Sucede así con el primer día de clases. La escuela es ese lugar del que nunca te hablaron y adonde te llevarán a pasar largas horas a diario, lejos de tu hogar, tu familia, tu habitación, tus cosas… Pero los niños logran saltar de inmediato a la zona de aprendizaje al conseguir amigos rápidamente, abordan luego la zona mágica y descubren que la escuela les gusta, por lo cual amplían su zona de confort al sentirse cómodos en ese nuevo ambiente. ¿Pero qué pasa cuando es el momento de cambiar de escuela por alguna determinada razón? Ocurre exactamente lo mismo, es necesario abandonar la zona de confort por algunos días, se repite el ciclo y vuelven a ampliarla nuevamente un poco más.

Al explorar ese retrato de cuando somos niños, entendemos por qué nos ocurre exactamente lo mismo en todos los aspectos de nuestras vidas; podría decirse que lo llevamos en la sangre, es inherente a nosotros, nuestra reacción mental es similar ante cada nuevo escenario y sólo cuando nos atrevemos a enfrentarlo es cuando seremos capaces, no de abandonar nuestra zona de confort, sino de ampliarla para poder vivir cosas nuevas sin inconvenientes.
Al llegar a la adultez, inconscientemente hemos desarrollado la capacidad de mantenernos en nuestra zona de confort gracias a la que seremos capaces de evitar episodios que pudieran desatar algún tipo de emociones negativas, tales como el estrés, depresión, ansiedad o angustias; inevitablemente utilizamos la zona de confort como una estrategia de protección para evitar sentirnos psicológicamente afectados por cualquier motivo, y es cuando tanto nos cuesta aceptar la necesidad de algún cambio en nuestras vidas, debido al temor que sentimos por perder algo de lo que tenemos, de quedarnos con las manos vacías, aún así cuando no estemos completamente satisfechos con la situación en la que nos encontremos.
Efectos y consecuencias de mantenernos en nuestra zona de confort
¿Pero qué sucede si nos quedamos siempre en nuestra acostumbrada zona de confort y no nos atrevemos a ampliarla nunca? Sencillamente nos perderemos la oportunidad de crecer, y esto es crecer como personas, como seres humanos; perdemos la posibilidad de fortalecer nuestro desarrollo personal, de vivir nuevas experiencias y comprobar que no todo lo desconocido es necesariamente malo.
Uno de los ejemplos más comunes en los que los adultos tienen grandes problemas para ampliar su zona de confort, es cuando llevan demasiado tiempo ocupando un mismo cargo dentro de una empresa. Es posible que su formación académica y profesional ya sea la suficiente como para aspirar a un ascenso, o también a un cambio de trabajo donde sus nuevas tareas vayan más acorde tanto a sus capacidades como expectativas. Como en todo, las oportunidades pueden presentarse, una nueva opción de empleo llega a tus manos y tú, temeroso por la incertidumbre de lo que pasará si abandonas el lugar en el que te has encontrado tan cómodamente por tanto tiempo, decides rechazar la oferta; el resultado no es que tienes la fortuna de conservar lo que ya conoces, sino que has perdido la oportunidad de conocer otro ambiente en el que seguramente habrías podido ser mucho más exitoso.
Así sucede con todos los escenarios de la vida y la verdad es que esto puede resultar en ser un arma de doble filo. El permanecer siempre haciendo lo mismo para resguardar nuestra comodidad y tranquilidad, lo cual no nos permite vivir cosas nuevas, eventualmente desatará sentimientos de frustración por no ser capaces de asumir nuevos riesgos, y esto puede afectar gravemente la autoestima; con el tiempo, nos volvemos apáticos de emprender algún reto, ya no por preservar cierta comodidad, sino porque nos tomamos muy en serio la idea de que no somos capaces de hacer nada más de lo que ya hemos hecho.
Encontrarse en esta situación puede afectar también nuestras habilidades sociales. Cuando nos estancamos y dejamos de crecer, todo nuestro entorno no deja de hacerlo, las personas que nos rodean (familiares, amigos, compañeros de trabajo, pareja) siguen avanzando, y eso genera conflictos interpersonales que serán muy difíciles de resolver, pudiendo llegar a sumirnos en un total aislamiento, perdiendo el apoyo de nuestros allegados.
Por qué vencer los límites que nos impiden avanzar.
El no salir de la zona de confort nos instiga no solo a permanecer en el mismo lugar de siempre sino también a ver todo siempre de la misma manera. No hay otros matices para lo que hacemos y la sola posibilidad de que algo cambie genera una ola de estrés que posiblemente no seamos capaces de superar fácilmente.
Vencer estos límites trae grandes beneficios con los cuales podemos tener una mente más saludable. En primera instancia, será posible lograr el crecimiento personal y el establecimiento de una personalidad acorde a nuestros verdaderos intereses, con los que comenzaremos a establecer sueños y metas que amplíen la visión de lo que realmente queremos en la vida. Con esto seremos capaces de no estar satisfechos con cualquier cosa que tengamos, sino que siempre querremos llegar más allá de donde ya estamos y alcanzar más cosas de las que ya nos encontramos disfrutando.
Al ser capaces de ampliar nuestra zona de confort, logramos aumentar nuestra autoestima y reducimos la frustración propia de la poca capacidad que antes teníamos de asumir nuevos retos. También aumenta la fortaleza interna, al poder enfrentar los diferentes conflictos que se nos presenten, con lo que además se estimula la capacidad para levantarnos de las caídas que podamos tener en la vida.
Las habilidades sociales también se fortalecen al salir de la zona de confort. Cuando nos atrevemos a conocer nuevas personas, se amplía el círculo social en el que nos desenvolvemos y ejercitamos nuestra empatía hacia los demás. Esta característica suele abrir muchas puertas, porque es precisamente por medio de la interacción con otras personas cuando más oportunidades surgen de hacer otras cosas, conocer nuevos lugares, recibir ofertas de empleo y hasta conseguir pareja.
Debemos saber identificar también cuándo realmente queremos salir de la zona de confort y cuándo aparentamos querer salir, pero en realidad únicamente estamos dispuestos a hacer cosas de las cuales estamos seguros que podemos asumir. En ocasiones, algo que nunca hemos hecho nos llama la atención y nos disponemos a arriesgarnos, pero esto será así única y estrictamente cuando no implique otros riesgos adicionales. En estos casos, no estamos ampliando la zona de confort ya que nuestras expectativas son igualmente limitadas.
Cómo salir de nuestra zona de confort.
Ya sabemos que salir de la zona de confort es necesario por diversas razones, y sea como sea, siempre será beneficioso. Pero honestamente esto a veces es más fácil decirlo que hacerlo, aunque tampoco es imposible. Basta con hacer algunos pequeños cambios en tu rutina de vida que, si bien al principio parecerán complicados, luego verás la gran satisfacción que tendrás al haberte atrevido a hacerlo.
Algunos de los siguientes consejos te ayudarán a salir de tu zona de confort:
Saber identificar si realmente estás en una zona de confort
Muchas veces las personas ni siquiera sospechan que se encuentren totalmente inmersas en su zona de confort, por lo cual deben pasar por un proceso de introspección en el que puedan darse cuenta sin son capaces de atreverse a hacer cosas nuevas, asumir riesgos, aceptar nuevos retos, viajar a lugares desconocidos, comer cosas diferentes a lo acostumbrado, etc.
Es muy fácil vivir haciendo siempre lo mismo e incluso en ocasiones no nos damos cuenta de ello, porque esa vida sin sobresaltos es cómoda y placentera. ¿Vives de esa manera? Entonces es posible que no te hayas atrevido a salir de tu zona de confort y es momento de hacer algo al respecto.
Establece metas
Ya nos hemos dado cuenta de que vivimos dentro de nuestra zona de confort, así que es momento de trazarnos una meta que nos permita salir de ella. Debemos determinar qué áreas de nuestra vida necesitan un cambio. Estos pueden ser salir de la ciudad, conseguir un nuevo trabajo, conocer nuevos amigos, aprender alguna habilidad… Cualquier cosa que requiera hacer algo diferente a lo acostumbrado, servirá.
Este punto no se trata de pensar en cosas que simplemente requieran un esfuerzo extra. Es posible que nos sintamos tentados a realizar aquel curso de cocina que siempre quisimos hacer, ¿pero esto realmente representa un reto? Considera que para salir de tu zona de confort, la idea de hacer algo nuevo debe hacerte sentir incómodo y generarte cierta incertidumbre, porque si no es así, entonces simplemente estarás cumpliendo con un capricho. El temor y la duda son los principales indicadores de que vas realmente a atreverte a salir de tu zona de confort.

Cree en ti mismo
No sirve de nada establecernos una meta si luego no creemos que somos capaces de alcanzarla. Es normal que el miedo nos invada, ya que es precisamente por eso que no nos hemos atrevido a actuar de manera diferente anteriormente, pero aun así debemos estar seguros de que el intento valdrá la pena.
Le sucede a muchos hombres cuando quieren conquistar a la chica que les gusta, que ni ellos mismos se creen que eso será posible y entonces, aun cuando han planeado durante mucho tiempo decirle lo que sienten, al final desisten de la idea, la chica nunca conocerá los sentimientos de su enamorado, y nunca sabrán si realmente habría valido la pena materializarlo.
Pierde el miedo al ridículo
¿Y qué pasa si nos atrevemos finalmente a decirle lo que sentimos a esa chica que nos vuelve locos? Pueden pasar dos cosas. La situación ideal es que el sentimiento sea recíproco y ella nos acepte, o al menos abra la posibilidad de conocernos mejor y ver qué pasa en el futuro, o por el contrario ella nos rechace y nos haga saber que sólo nos quiere como un amigo.
Es entonces en este punto cuando el hombre puede reaccionar de dos maneras. Una es sentirse totalmente apenado y avergonzado de haberse atrevido a declarar su amor, o simplemente aceptar que no ha pasado nada malo, ya que eso es totalmente normal. Así sucede en todos los escenarios de la vida, todo nuevo intento representa una posibilidad de éxito o de fracaso, y es en los errores donde se pueden aprender las mejores lecciones.
Cambia las rutinas
A veces son las pequeñas cosas las que hacen la diferencia y no nos damos cuenta. Diariamente ejecutamos cientos de acciones que posiblemente ni siquiera sean planificadas, como por ejemplo tomar una ruta al trabajo que nunca variamos porque quizás no conocemos otra. ¿Por qué no modificar un poco la rutina y conocer otra alternativa? Es posible que hasta el mismo cambio de calles o avenidas por las que transites, proporcione cierta sensación de bienestar.
¿Y qué tal si siempre que vamos al cine, vemos el mismo tipo de películas? Es posible que nos guste demasiado las comedias o las historias románticas, pero si algún día nos atrevemos a ver una película de terror, posiblemente descubramos un nuevo gusto que no sabíamos que teníamos, y también que los monstruos no dan tanto miedo.
Vamos a disfrutarlo
Por si fuese poco todo lo que ya hemos decidido que vamos a cambiar, no sirve de nada si no lo disfrutamos, y eso tampoco debe significar que todo lo que nos atrevemos a hacer deba gustarnos obligatoriamente. Basta con siempre buscarle el lado más positivo a las nuevas experiencias, y ya queda de parte de uno mismo saber determinar si valió la pena, si nos divertimos, y si simplemente nos quedamos con la satisfacción de habernos atrevido y tener una buena experiencia que contar, sin necesidad de tener que repetirla, pero que sea algo que jamás tengamos que lamentar.
Comparte con gente aventurera
Si después de tomar la decisión de salir de la zona de confort, aún no conseguimos la manera de poder hacerlo, quizás lo que nos haga falta es un empujón de parte de alguien más. No es mala idea integrarnos a organizaciones que se dediquen a hacer cosas diferentes, como grupos de deportes, excursionismo, arte callejero, canto, etc.

Pero si creemos que comenzar a hacer cosas con gente a la que no le tenemos confianza todavía, entonces podemos a apoyarnos en las personas que conviven con nosotros día a día. Ya sean los miembros de nuestra familia, nuestros amigos y nuestra pareja, la simple compañía de otras personas que nos brinden su apoyo también nos hará sentir que todo estará bajo control, sea cual sea la meta que nos tracemos.
Toma riesgos, pero no te pongas en riesgo
Tomar ciertos riesgos para salir de la zona de confort no significa arriesgarse a hacer cosas imprudentes que nos pongan realmente en riesgo. Hay que ser conscientes y coherentes con lo que queremos hacer, y actuar de manera sensata. Si queremos sentir la adrenalina corriendo por nuestras venas, podemos pensar en practicar algún deporte extremo de riesgo controlado, pero sería muy tonto, por ejemplo, saltar en paracaídas sin antes haber pasado por las instrucciones y control previo que garanticen todos los elementos de seguridad con los que debemos contar.
Busca ayuda profesional
Si todo el esfuerzo que pongas de tu parte aún no es suficiente, puedes considerar la opción de acudir a un psicólogo. La ayuda de un especialista, por medio de técnicas de psicoterapia, puede permitirte determinar el motivo por el cual aún no te atreves a vencer tus miedos, y luego estimularte a lograrlo, a aceptar los nuevos desafíos que surjan en tu vida y establecer la mejor manera de sentirte seguro y a gusto.
Siempre puedes volver a tu zona de confort
Puede parecer inútil pensar en regresar al punto de inicio cuando has podido avanzar tanto, pero esto no es así propiamente. Cuando ya sintamos que hemos hecho demasiado, no está de más tomar un descanso por un periodo de tiempo determinado, que sirva a su vez para reflexionar sobre lo que hemos logrado al atrevernos a aceptar nuevos retos.
Recordemos que todo esto también se trata de ampliar la zona de confort, y este periodo de “volver atrás” nos permitirá establecer por completo nuestra nueva forma de vivir la vida, equilibrar nuestras prioridades y convertirnos definitivamente y de manera progresiva en mejores personas, el cual es el principal objetivo de atrevernos a salir de la zona de confort.
Cómo superar la procrastinación y dejar de evadir los asuntos pendientes.
Seguramente has estado en la situación de encontrarte con varios asuntos que atender, pero pasan las horas, o quizás días, y no los resuelves. Si eres estudiante, es posible que llegues a casa en la tarde y hagas un repaso mental de las tareas que debes culminar, pero primero prefieres descansar un rato o ver tu programa de televisión favorito, jugar algún videojuego y salir con tus amigos. Si eres trabajador, al llegar a la oficina te encuentras con varios informes muy tediosos que completar, pero también tienes otros deberes más fáciles de concretar, por lo que te dedicas mejor a eso. En ambos casos, llega la noche y terminas exclamando: “mañana será otro día” o “mañana sí lo hago”.
Si te sientes identificado con alguno de estos dos casos u otro similar, en los que dejas a un lado las obligaciones con más prioridad por hacer otras tareas de menor relevancia o más sencillas, entonces es muy probable que sufras de procrastinación, la costumbre de postergar las tareas pendientes.

Qué es la procrastinación.
La procrastinación es el mal hábito de postergar los deberes u obligaciones rutinarias, sin ningún tipo de justificación razonable, que a su vez son sustituidas por otras acciones no tan importantes, pero sí quizás más fáciles o entretenidas. Aunque es una situación que podría considerarse normal, porque todos somos propensos a procrastinar de vez en cuando, en el momento en que esto se convierte en algo habitual, pasa a ser un trastorno del comportamiento que afecta en gran medida el desempeño tanto en el ámbito personal, como académico y laboral.
Este trastorno no debe ser confundido como una simple falta de responsabilidad, debido a que en ningún momento se pretende evadir las tareas que se tienen pendientes, sino más bien estas son aplazadas y reemplazadas por otras de mayor interés. Pero, aunque usualmente la procrastinación podría ser comparada con la pereza o flojera, apoyada en la mala costumbre de dejar para mañana lo que debes hacer hoy, también involucra otros aspectos relacionados a conflictos internos más profundos.

En este sentido, la procrastinación no involucra solamente el pasar demasiado tiempo en Internet y las redes sociales en lugar de hacer ese trabajo importante que debes terminar pronto, sino que además está asociada a la inacción respecto a actividades de mayor relevancia para el desarrollo personal, como el cuidado de la salud o la resolución de algún conflicto con otros individuos.
En términos de la psicología, la procrastinación obedece a síntomas de ansiedad respecto al asunto pendiente, ya sea porque no es de nuestro agrado o resulta demasiado difícil de realizar, que nos impulsa a evadirlo de alguna manera y postergar su ejecución, y aunque siempre estés consciente de que tienes algo por hacer, dedicarte a otra cosa de mayor agrado te hará sentir más tranquilo y reducir el estrés.
Causas de la procrastinación.
No hay una causa única de la procrastinación. Cada persona es diferente y tiene sus propios motivos para decidir el atraso de sus deberes. Sin embargo, existen ciertos patrones mediante los cuales es posible determinar la causa exacta por la cual tú podrías estar tendiendo a dejar las cosas para hacerlas más tarde, quizás mañana, o posiblemente para la otra semana.
El patrón más común es el de la autoduda, provocada por la falta de confianza en uno mismo en relación al alcance exitoso de ciertas metas. Este sentimiento es producido por la poca seguridad al momento de realizar una determinada actividad que consideras difícil de completar, pero no porque realmente lo sea, sino porque no te sientes capaz de hacerlo con facilidad. Este pensamiento te lleva a pensar que quizás en otro momento sí podrías lograrlo, así que mejor lo postergas y te sientes más tranquilo.
Un ejemplo práctico de la autoduda podría darse en la cocina. Es posible que debas preparar algún plato que nunca has realizado, motivo por el cual lo consideras difícil de hacer. Este pensamiento te lleva a pensar que no te quedará bien, pero aunque tengas la receta y cierta experiencia con otras preparaciones, prefieres cambiar el menú por otra cosa más sencilla, manteniendo en el pensamiento la idea de que en otro momento lo intentarás.
En el plano contrario, se encuentra la procrastinación por autoconfianza, que se presenta cuando cometes el error de sobreestimar tus capacidades y pensar que puedes atrasar las actividades para otro momento, con la firme convicción de que “después podrás hacerlo sin ningún tipo de inconvenientes”.
La procrastinación por autoconfianza se asocia a muchos casos de postergación del cuidado de la salud, y no precisamente por el atraso de una visita regular al médico, sino por la confianza de creer que todavía no es necesario tomar acciones para mantener una vida saludable. Por ejemplo, es posible que no hayas dejado de fumar porque aún no sientes que te hagas algún daño, o que continúes sin una rutina de ejercicios porque te sientes bien físicamente, o atrases el inicio de la dieta porque todavía mantienes un índice de masa corporal aceptable.

En otro contexto, si eres una persona perfeccionista, posiblemente seas un procrastinador habitual debido al constaste temor que usualmente te invade por la angustia de pensar que las tareas o trabajos que debes realizar no alcanzarán el nivel de perfección que esperas, además de que tampoco contarás con la aprobación de los demás, por lo tanto, piensas que en otro momento esto sí será posible, y decides postergarlo.
La baja tolerancia a la tensión es otro causante de la procrastinación. Esta se manifiesta cuando te encuentras bajo los efectos de alguna situación estresante o en alteración emocional por algún motivo, como estudiar para un examen importante u organizar la próxima presentación en el trabajo, razón por la cual terminas evitando la acción y postergándolo para otra ocasión en la que estés más calmado.
En este mismo sentido, la depresión también es un factor determinante en casos de procrastinación. Una persona deprimida tiende a entrar en un estado emocional que no le permite desarrollar la mayoría de las actividades con normalidad. Este estado le hace pensar que debe dejar a un lado toda acción o actividad que no le proporcione cierto grado de satisfacción, aunque sea de manera momentánea, por lo que elude todas aquellas responsabilidades que no le hacen sentirse bien.
Existen muchas otras causas más. Básicamente, todo aquello que te lleve a postergar alguna acción o actividad es un causante de procrastinación, aun cuando no sea por falta de habilidades necesarias para cumplir con un objetivo. De hecho, son muchos los casos de personas que procrastinan por excesiva generación de ideas, es decir, la mente del individuo afectado trabaja tan rápido y de tantas maneras, que tiene cientos de ideas en su cabeza, pero no es capaz de realizar ningún trabajo esperando que una nueva idea surja y sea mejor que la anterior.
Efectos psicológicos de la procrastinación.
En todos los casos de procrastinación los efectos psicológicos suelen ser siempre los mismos. La ansiedad y angustia son, en principio, los primeros síntomas manifiestos de tomar esta actitud, que se pueden evidenciar con la decisión misma de dejar postergar ciertas responsabilidades. El problema radica que el atraso de la actividad significa también el atraso de los síntomas, es decir, decides evitar ahora lo que te hace sentir angustiado y preocupado, para tener ese mismo efecto en otro momento.
Esta situación, en la que la ansiedad y angustia reaparecen en el futuro, conduce a la desesperación del individuo al encontrarse nuevamente ante la situación que previamente había retrasado, pero esta vez con menos tiempo para hacerlo. A largo plazo, la desesperación es tan grande que termina siendo el motivo para un nuevo atraso, que resulta en más ansiedad, angustia, estrés y, finalmente, frustración, además de otros síntomas fisiológicos como desórdenes gástricos e insomnio.
La procrastinación además se asocia a otros trastornos mentales como el estrés, la depresión e incluso la fatiga, producto de un constante pensamiento recurrente en todas las cosas que se han dejado a un lado por otras de mayor agrado, pero que al final terminan volviendo para cobrar un nuevo protagonismo.
Cómo superar la procrastinación.
Antes de pretender superar la procrastinación, es necesario reconocer y aceptar que aplazas de manera regular las situaciones que te generan algún malestar psicológico sin razones de suficiente peso para hacerlo. Cuando ya has aceptado este problema, estarás consciente de que solamente tú puedes solucionarlo y que nadie más hará las cosas por ti.
Existen muchas técnicas para superar la procrastinación de manera efectiva. En primera instancia, la más recomendada es la regla de los dos minutos, que es básicamente atender la acción pendiente en dos minutos. Es evidente que no todas las cosas se hacen en ese tiempo, pero piensa que este es quizás el necesario para que comiencen a hacerlas, de hecho, sucede que el motivo por el cual muchas cosas no se concretan es porque nunca fueron iniciadas; una vez que hayas dado los primeros pasos, verás lo sencillo que es continuarlo hasta el final.
Ahora bien, muchos asuntos pendientes quizás no necesiten demasiado tiempo y realmente los dos minutos sean suficientes, como lavar los platos o llevar algunos objetos de un lugar a otro. ¿Por qué postergarlo entonces? Piensa que si realizas aquellas acciones fáciles de concretar de manera rápida, entonces ya después no tendrás que volver a preocuparte de ellas.
Por otra parte, procura evitar todo tipo de distracciones. La dinámica actual de la vida hace que esto no sea tan sencillo de conseguir, debido a que si te encuentras trabajando en tu computadora, siempre te sentirás tentado a hacer otras cosas antes de lo que realmente debes hacer, como por ejemplo revisar las redes sociales. Intenta alejarte de todo lo que pueda distraerte; al principio será complicado, pero una vez que inicies con lo que tienes pendiente y logres concentrarte, podrás olvidarte de todo lo demás.

También, es posible que te encuentres en la situación de tener demasiados asuntos pendientes al mismo tiempo. Esto es algo normal, nos pasa a todos y lo peor que puedes hacer es precisamente eso: resolverlo todo junto. Es mejor que hagas las cosas una a una, ponles algún orden de prioridades e intenta salir de las más complejas primero. Sólo así podrás completarlo todo de forma más ordenada y dejarás lo más fácil para el final, por lo que no tendrás ninguna excusa para culminarlas.
En ese mismo sentido, parte de la organización que hagas puede incluir establecer plazos fijos para terminar las tareas pendientes. En vista de que la mayoría de los procrastinadores aseguran que pueden hacer las cosas después, porque aún les sobra tiempo, entonces vale la pena ponerle un límite horario a las tareas y mentalizarse de que después de cumplido, no debe haber más prórroga.
Finalmente, encuentra los momentos del día en que eres más productivo. Cada persona tiene un ritmo de vida particular y es posible que tú seas más activo en horas específicas del día. Evalúa tus propias capacidades y determina en qué momento sientes que puedes hacer mejor las cosas; organiza tu tiempo en función de eso y manos a la obra.
Consejos para no volver a procrastinar.
La procrastinación es un hábito, y como todo hábito, puede regularse. La situación ideal es que nunca caigas en este estado, pero esto es casi imposible: más de una vez procrastinarás sin poder evitarlo.
Pero lo que sí debes evitar es que este comportamiento se convierta en algo compulsivo y la clave está en que procures evitarlo siempre, o que al menos logres salir de ese estado rápidamente. Es esencial que establezcas metas en función de las tareas que tengas pendientes, su dificultad y el tiempo que podría llevarte. Organízate, arma una agenda y ponte a trabajar. Comienza los trabajos que más tiendes a posponer, así tu mente sabe que lo más difícil ya pasó, que es precisamente dar el primer paso.
Un error muy común en muchas personas con tendencia a la procrastinación es aceptar compromisos que no desean asumir. Al verse en esta situación, prefieren postergarlo hasta que no tengan otra alternativa que hacerlo, por lo que entonces es mejor aprender a decir “no” cuando más convenga.
Al final, lo más importante es que seas consciente de que es mejor ir terminando todas tus responsabilidades o asignaciones de forma planificada que acumular muchas tareas que nunca deseas realizar, y que finalmente provocarán el caos y agudizarán el problema. Piensa en el beneficio que traerá a tu vida cada acción que tomes y las satisfacciones por verlas concretadas; nada puede impedirte hacer cualquier cosa, siempre que te lo propongas.
Tratamientos del trastorno antisocial de la personalidad (TAP).
Dentro de los tratamientos para mejorar las condiciones del trastorno de personalidad antisocial se encuentran varios, como la psicoterapia individual, intervención familiar, terapias grupales y la medicación, en casos más graves el trabajo multidisciplinario entre los psicólogos y psiquiatras es necesario para disminuir los niveles de agresividad en los pacientes. Veamos en que consiste cada uno de los tratamientos mencionados anteriormente.
Psicoterapia individual: es muy complicado llegar a este punto con el consentimiento del paciente antisocial, pues por su misma condición es incapaz de aceptar que necesita ayuda y mucho menos asistir a la misma, es por ello que este tratamiento individual se da en muchos casos por exigencia de la justicia como condición de libertad en casa o por obligación de los padres, la psicoterapia individual ayuda a la persona a darse cuenta que sus pensamientos no son del todo válidos y que sus conductas son sucesoras de dichos pensamientos, el proceso suele ser extenso, pero todo dependiendo de la confianza y el progreso que tenga el terapeuta con el paciente.
Intervención familiar o terapia familiar: es conocida por tener gran impacto en el individuo, donde todos los integrantes de la familia en conjunto con el psicólogo o terapeuta le hacen demostrar al paciente lo mucho que afectan sus comportamientos a la dinámica familiar, deteriorando la misma y generando impotencia por todos sus familiares, pues expresan emociones y sentimientos que quizás la persona no había tomado en consideración con anterioridad. La efectividad de esta terapia en familia depende de igual forma de los integrantes del núcleo familiar, en muchas situaciones su participación debe ser corregida y asesorada por el psicólogo para no crear mayores daños en las cogniciones del paciente.

Psicoterapia grupal o terapia de grupos: es una forma de abordaje un tanto parecida a la familiar, solo que en este caso los participantes cumplen con una o más características en común, desde cometer algún delito hasta solamente haber golpeado a alguien, es entonces donde un facilitador (terapeuta) se encargará de dirigir los grupos con el fin de ir mejorando la comunicación y demostrando que se puede dialogar sin necesidad de la agresión o ira.
Medicación o psicofármacos: este tipo de tratamiento se sale de las manos de los psicólogos grupales o individuales, dándole su importancia al gremio médico en trabajar conjuntamente para disminuir los niveles de irritabilidad y frustración en los pacientes con conductas antisociales. Los medicamentos conocidos como antipsicóticos suelen tener un efecto positivo en el control de las emociones mencionadas, sin embargo el abordaje psicológico ayudará al paciente a comprender su comportamiento e ir disminuyendo el consumo del fármaco para evitar la adicción al mismo.
Recomendaciones para convivir con una persona que sufre trastorno antisocial de la personalidad.
Las recomendaciones pueden llegar a ser repetitivas, pero nunca están de más para tener esa ayuda que muchos desean, para así mejorar la calidad de vida tanto de los pacientes como de los familiares y allegados de los mismos, en primer lugar es necesario saber que ante un delito de carácter mayor como asesinato o violación la responsabilidad recae sobre los familiares, amigos y conocedores del suceso, pues sin represión alguna ante estos actos la persona continuará cometiendo los mismos, causando mayor daño en otras personas, así que denunciar el caso y llevar el mismo a un ámbito psiquiátrico puede mejorar la condición del paciente si este considera que tiene una respuesta positiva al tratamiento.
Otras recomendaciones para los familiares, amigos y allegados son:
Información y psicoeducación: los procesos de psicoeducacion parten de la idea que los familiares y amigos tengan el conocimiento sobre el trastorno que está padeciendo la persona y la mejor forma de poder sobrellevar la misma.
Evita las etiquetas: conocer sobre el trastorno inspira más seguridad a la hora de tratar a las personas con estas condiciones, pero etiquetarles y recordar a cada segundo su trastorno puede provocar un efecto contrario, la aceptación siempre será un excelente comienzo.
No ceder ante las demandas: cuando las personas antisociales exigen una razón, actividad o bienes materiales necesitan que les complazca de inmediato, mostrar sumisión y cumplir ante las demandas te colocará a su mandato por mucho tiempo.

Evita las discusiones si las mismas no son importantes: discutir por cualquier cosa puede ser su gancho para generar conflicto y demandar tener la razón, si consideras que la discusión no llegará a ningún lado es mejor dejarlo así.
No permitas que te afecte su situación: sabemos que suena complicado, más si estamos hablando de una persona importante en nuestras vidas, pero deprimirnos, bajar la frecuencia de nuestra autoestima, sentir ansiedad, entre otros síntomas pueden aumentar el riego de tener un retroceso en el paciente antisocial.
No caigas en sus mentiras: es muy probable que las mentiras sean más frecuentes de lo que crees, tampoco te convertirás en un ateo de sus palabras, pero podrás demostrar si lo que dice es cierto o no, así colaborarás en demostrarle que no todo el tiempo tiene razón.
Convivir con una persona que sufre de trastorno antisocial de la personalidad puede ser realmente un reto, hay quienes no aguantan la situación y prefieren desertar, otros que aguantan callados en sufrimiento, la idea es simplemente que busquen ayuda si necesitan de la misma, colaborar con la mejora de la persona que nos importa parte también de la participación que nosotros brindemos para que el progreso se dé de una manera eficaz y sin consecuencias mayores.
Cómo afecta el trastorno antisocial de la personalidad en diferentes contextos.
Ya especificado con anterioridad el trastorno antisocial, debemos colocar en tela de juicio como el mismo es capaz de alterar vínculos emocionales, vivenciales y comunicacionales en el hogar, trabajo y sociedad en general, pues dicho trastorno trae consigo consecuencias que no solo afectan a las personas que la padecen sino también a sus allegados.
En varios estudios estadísticos se ha comprobado que el índice de personas que sufren de trastorno antisocial suelen ser en su mayoría del sexo masculino, para especificar aún más la fuente, los estudios fueron realizados en países como Estados Unidos, Noruega y el Reino Unido llevando a cabo entrevistas estructuradas del DSM-II, DSM-III y DSM-IV de acuerdo a la época de aplicación.
Veamos entonces como el trastorno antisocial de la personalidad puede afectar considerablemente el contexto en el que se desenvuelve la persona afectada.
En el entorno familiar: los factores genéticos y el modelamiento social de la familia tiene mucho que ver en el desarrollo del trastorno antisocial, pues se puede inferir que el entorno familiar juega un papel principal en la evolución de cada niño, si este posee una crianza bajo los ideales de agresividad, frustración e ira, lo más probable es que el niño comience a desarrollar los mismos rasgos que observa en su casa.

En cuanto a las consecuencias que se muestran presentes en el hogar, se puede manifestar:
- Actitudes violentas hacia los padres
- El incumplimiento de tareas en el hogar
- Utilización de malas palabras y agresión verbal
- Hurto o robo de objetos materiales de los integrantes de la familia
- Peleas físicas entre los integrantes de la familia
- Presencia de episodios depresivos y de frustración en padres y hermanos.
Todas estas características son consecuencias del trastorno antisocial dentro del núcleo familiar, lo que conlleva en estados más desarrollados al abandono del hogar, utilización de fármacos, peleas constantes, entre otras.
En el entorno laboral: anteriormente habíamos hablado sobre el incumplimiento de las normas de las personas que sufren de este trastorno, pues solo debemos concretar dicha característica en el trabajo. Por lo general las personas antisociales prefieren obtener dinero y bienes materiales de manera fácil y rápida, lo que puede llevar a cometer delitos como hurto o robo a otras personas, es importante acotar que en otros casos de menor intensidad, las personas antisociales tienden solo a robar a personas que conocen o son allegadas para lograr satisfacer sus propias necesidades, como comprar alcohol, drogas, cigarrillos u otras dependencias que haya desarrollado con el tiempo.
Es por ello que mantenerse en un trabajo honesto con una paga considerable por su esfuerzo, los adentra en el mundo social donde prefieren estar lejos del sistema, para no tener que humillarse para lograr lo que merecen o necesitan, es tal el caso de la persona que no dura más de 3 meses en un puesto de trabajo y termina yéndose del mismo bajo las peores condiciones, como peleas con compañeros de trabajo, insultando a los jefes, rompiendo objetos como pueden ser material de oficina, ordenadores, maquinaria, entre otras cosas.
En el entorno social: aunque las personas antisociales como su nombre lo describe van en contra de las normas aplicadas en la sociedad, se pueden sentir identificados con otros individuos que compartan sus mismos ideales o pensamientos, veamos el caso de las pandillas, grupos urbanos, entre otros, que solo buscan pasar un buen momento para ellos sin importarle lo que puedan hacer sentir a los demás.

En este apartado es importante acotar que las personas con trastorno antisocial son muy selectivos en cuanto a sus amistades y no suelen ser muy duraderas por el mismo motivo que los aleja de poder interrelacionarse con otros, por lo general se convierten en rivales o simplemente existe uno del grupo que es más sumiso que los demás, permitiendo la humillación del resto.
En el entorno escolar: como es de esperarse en estos casos, el interés por asistir a la escuela y obtener conocimientos académicos no se muestra presente en los antisociales, realmente disfrutan el hecho de mostrar su presencia como personajes fuera de la complacencia escolar, sin embargo su asistencia en las instituciones puede resultarles agradable para someter a otros compañeros de clases a realizar actividades de mal gusto, robarles dinero, golpearlos, entre otras agresiones físicas, psicológicas y verbales.
Diagnóstico del TAP o trastorno antisocial de la personalidad.
Anteriormente nos hemos encargado de definir y clasificar las características del trastorno antisocial de la personalidad (TAP), sin embargo muchas personas pueden presentar dichas características por motivos que no se asocian a una enfermedad mental, sino que las mismas estén más relacionadas a la presión social, veamos un ejemplo donde María ha hecho nuevos amigos, estos la convencen de robar algo de una casa para poder estar en el grupo, por el hecho de no perder la oportunidad de pertenecer al nuevo grupo de amigos María entra a la casa y se lleva un collar de perlas que ha conseguido en una habitación.
Quizás el ejemplo anterior parezca sacado de una película, pero la realidad se parece mucho a esta historia de María, pues ella no es diagnosticada con trastorno antisocial, es solo el modelamiento y la aceptación de su nuevo grupo de amigos lo que la motivo a cometer un acto delictivo. Es por ello que los manuales de criterios diagnósticos especifican claramente que dicho trastorno debe ser elaborado por un profesional de la salud mental psicólogo o psiquiatra, con el fin de establecer científicamente instrumentos de medición que atribuyan la conducta antisocial en las personas sometidas a las pruebas.

La asociación Americana de Psicología (APA) ha colaborado con la elaboración del manual estadístico de los trastornos mentales DSM-IV en donde se especifica los criterios que se deben cumplir para diagnosticar a una persona con trastorno antisocial, a continuamos presentamos dichos criterios.
A.- Es necesario puntualizar un patrón de desprecio y violación de los derechos por los demás que se presentan a partir de los 15 años de edad, como lo indican tres o más de los siguientes criterios.
En este primer aspecto es necesario que el psicólogo diagnostique que los comportamientos antisociales se hagan presentes antes de los 18 años de edad y que cumplan con los criterios que mencionamos a continuación.
1.- fracaso para adaptarse a las normas sociales en lo que respecta al comportamiento legal, como lo indica el perpetrar repetidamente actos que son motivo de detención
En este primer criterio nos encontramos con conductas que puedan ser sancionados por la ley, entre las más frecuentes se encuentra la violación, destrucción de bienes ajenos, agresión física o verbal, robo, hurto y acoso. En cualquiera de estas conductas es necesario puntualizar que cumple con el criterio número 1 de la sección A.
2.- deshonestidad, indicada por mentir repetidamente, utilizar un alias, estafar a otros para obtener un beneficio personal o por placer.
Los antisociales mienten frecuentemente para escapar de los conflictos que puedan tener con la autoridad, los falsos testimonios pueden llevar a actos delictivos.
3.-impulsividad o incapacidad por planificar el futuro.
En este criterio la persona no es capaz de pensar en las consecuencias de sus actos ni planificar una mejora para su futuro próximo, tiende a actuar de manera impulsiva y apresurada según sus propias necesidades.
4.- irritabilidad y agresividad, indicados por peleas repetidas o agresiones.
Sus respuestas tienden a ser causas de frustraciones por no lograr sus cometidos, es por ello que se crean conflictos que terminan en peleas, discusiones y agresiones físicas o verbales.
5.- despreocupación imprudente por su seguridad o la de los demás.
El termino empatía no figura en sus cogniciones, las personas con trastorno antisocial piensan muy poco en las consecuencias que sus actos pueden ocasionar en los demás, muchas veces en sus propios familiares y amigos así como en él mismo.

6.-irresponsabilidad persistente, indicada por la incapacidad de mantener un trabajo con constancia o de hacerse cargo de obligaciones económicas.
La inconstancia es clara en el trastorno antisocial, hacerse cargo de una responsabilidad que beneficie a otros y a él mismo no es una opción viable, por ende termina desertando y abandonando cualquier responsabilidad que se le atribuya.
7.- falta de remordimientos, tales como lo indica la indiferencia o la justificación del haber dañado, maltratado o robado a otros.
No reconoce el daño que les ha provocado a otros, porque no es capaz de sentir ninguna emoción que lo haga sentir culpable y en defensa es capaz de culpar a otros.
B.- El sujeto tiene al menos 18 años de edad.
Para ser diagnosticado con trastorno antisocial la persona debe ser mayor de edad (18 años) en caso contrario que tenga una edad por debajo de la mencionada será diagnosticado con trastorno disocial de la conducta.
C.- Existen pruebas de un trastorno disocial que comienza ante la edad de 15 años.
Es muy frecuente que los comportamientos mencionados anteriormente se hagan presente apartir de los 15 años de edad, es decir que ha presentado conductas disociales.
D.- El comportamiento antisocial no aparece exclusivamente en el transcurso de una esquizofrenia o un episodio maniaco.
Todos los comportamientos de agresión y falta de responsabilidad no son consecuencias de otros trastornos mentales como es el caso de la esquizofrenia o episodios de manía o hipomanía.
Al cumplir con la mayoría de estos criterios se puede diagnosticar al paciente con trastorno antisocial de la personalidad, estos criterios son exactos y tienden a ser modificados en actualizaciones posteriores del DSM-IV actualmente elaborado el DSM-V.
A parte del DSM-IV como guía o manual para determinar el trastorno mental en una persona, existe el CIE-10 que es avalado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y recomendado internacionalmente por la misma, aquí podemos observar otros criterios que se asemejan mucho pero tienden a variar de acuerdo con el evaluador. El CIE-10 contempla las siguientes características para el diagnóstico del trastorno disocial (antisocial).
Se trata de un trastorno de personalidad que, normalmente, llama la atención debido a la gran disparidad entre las normas sociales prevalecientes y su comportamiento; está caracterizado por:
A.- Cruel despreocupación por los sentimientos de los demás y falta de capacidad de empatía.
B.- Actitud marcada y persistente de irresponsabilidad y despreocupación por las normas, reglas y obligaciones sociales.
C.- Incapacidad para mantener relaciones interpersonales duraderas.
D.- Muy baja tolerancia a la frustración o bajo umbral para descargas de agresividad, dando incluso lugar a un comportamiento violento.
E.- Incapacidad para sentir culpa y aprender de la experiencia, en particular del castigo.
F.- Marcada predisposición a culpar a los demás o a ofrecer racionalizaciones verosímiles del comportamiento conflictivo.
TRASTORNO DE PERSONALIDAD ANTISOCIAL: QUÉ ES, SÍNTOMAS Y CARACTERÍSTICAS.
Es frecuente confundir el termino antisocial y atribuirlo a cualquier persona que no se sienta perteneciente a un contexto social, que sea retraído o que simplemente se aísle de los grupos, en realidad cuando mencionamos estas características no nos estamos refiriendo al trastorno antisocial de la personalidad sino a un rasgo de la personalidad asocial o introversión.
Durante muchos años el término antisocial ha sido utilizado de una manera errónea por el mismo contexto social, actualmente los psicólogos y los manuales de criterios diagnósticos de la personalidad, le han dado una mayor importancia a definir de una mejor manera los diferentes trastornos con sus respectivos síntomas y criterios.
Todo lo que debes saber sobre el trastorno de personalidad antisocial (TAP)
El trastorno antisocial de la personalidad era conocido anteriormente como sociopatía, un término que podría resultar un tanto familiar y es que el mismo era implementado para todas aquellas personas que no compartían una empatía social como la mayoría deberían hacerlo, un claro ejemplo eran los adolescentes anarquistas que se sentían participantes de una pandilla o grupo social, al momento de realizar acto de vandalismo contra las propiedades y normas sociales.

Ahora que sabemos de donde proviene el termino antisocial, la siguiente pregunta que nos formulamos es ¿Qué son los trastornos de personalidad? Y para ello es necesario que continúes leyendo y así profundizar más en el tema de los trastornos de personalidad y cuáles son las características de las personas con trastorno antisocial.
Qué es el trastorno de la personalidad antisocial.
Antes de comenzar a desglosar las características y la definición completa del trastorno de personalidad antisocial, debemos comprender que es un trastorno de la personalidad y cuáles son sus criterios diagnósticos para determinar si una persona la sufre o no. Para comenzar debemos definir que es la personalidad, y como bien sabemos son todos aquellos rasgos que nos diferencias de otras personas, podríamos mencionar nuestro carácter, emociones, composición fisiológica, inteligencia, temperamento y motivación, ciertamente no existe nadie igual a otro, pero existen normas sociales que somos capaces de respetar para llegar a una convivencia plena y armoniosa entre los seres humanos.
Entonces al determinar que una persona sufre de un trastorno de personalidad, el mismo debe presentar ciertos síntomas que no son comunes y atentan contra la personalidad del individuo o de los demás.
Dentro de los trastornos de personalidad que se incluyen en el manual tenemos:
- Trastorno Narcisista de la personalidad
- Trastorno Paranoide de la personalidad
- Trastorno Esquizoide de la personalidad
- Trastorno Esquizotipico de la personalidad
- Trastorno Límite de la personalidad
- Trastorno Histriónico de la personalidad
- Trastorno Antisocial de la personalidad
En lo referente al trastorno antisocial de la personalidad, podemos definir el mismo como una alteración de la personalidad que se hace presente en el individuo a partir de los 18 años de edad, en donde el mismo es incapaz de sentir remordimiento por las normas, leyes, propiedad o vida ajena. Solo con el fin de complacer sus propias necesidades es capaz de cometer actos delictivos aun sabiendo que representa un mal acto por parte de él.
Es necesario puntualizar que para ser diagnosticado con trastorno antisocial, la persona debe ser mayor de 18 años de edad, pues se han visualizado los mismos síntomas en personas menores a 15 años de edad y en este caso es categorizado dentro de los trastorno de conducta bajo el termino de trastorno disocial y solo puede ser diagnosticado en jóvenes menores de 18 años.
Características de las personas con trastorno antisocial de la personalidad.
Los criterios estadísticos de las características de las personas que sufren de trastorno antisocial de la personalidad se basan en el DSM-IV y el CIE-10, sin embargo, los dos manuales coinciden en diversas características que presentan las personas que sufren de este trastorno de la personalidad, a continuación presentamos las características más importantes:
Irresponsabilidad: tanto en el trastorno de conducta disocial en los niños como en los adultos luego de los 18 años de edad, se presenta la irresponsabilidad ante las normas, tareas en el hogar, a nivel académico y laboral, estas personas tienden a pasar por alto cualquier nivel de responsabilidad que tengan en su vida, inclusive cumplir con una relación amorosa o de amistad, esto conlleva a la siguiente característica.

Pocas habilidades sociales e interpersonales: aunque parezca obvio en este trastorno las personas con trastorno antisocial no tienen una excelente relación con sus allegados, familiares o parejas, creen que su forma de actuar (antisocial) es la mejor aun sabiendo que pueden actuar y cumplir sus propósitos de una manera diferente (más sociable). Por ejemplo: prefieren robar dinero de la cartera de su madre que simplemente pedirlo, la sensación de culpa o inferioridad ante las normas sociales representan una inconformidad para las personas con este trastorno de la personalidad.
Se niegan rotundamente a cooperar: como ya mencionamos anteriormente, el hecho de comunicarse, dialogar, llegar a acuerdos o simplemente cooperar, es en sí una falta grave para su propia personalidad, prefieren que las cosas se hagan de la manera en que ellos esperan que se realice y de la misma forma esperan que los demás se humillen ante las decisiones tomadas por ellos.
Siempre tienen la razón: uno de los pensamientos distorsionados de mayor frecuencia es el tener razón, esto imposibilita el hecho de poder empatizar con los demás para sentir o comprender los sentimientos ajenos.
Se perciben así mismos como superiores: su percepción personal va mucho más allá de solo verse como una persona llevada por la sociedad y las normas, se muestran reflejados como personas demasiado inteligentes y acorralados por las circunstancias sociales, en términos generales piensan que existen en un mundo de mediocres y personas inferiores a ellos mismos.
Lo que sucede es culpa de otros: juntando todas las características anteriores, las personas antisociales son capaces de culpabilizar al entorno de las cosas que no salen como ellos desean, pues su misma percepción de sí mismos no les permite aceptar que todo gira alrededor de su propia conducta antisocial.
No presentan proyectos a largo plazo: esto se asocia con el hecho de esperar algo a cambio de un buen comportamiento o del cumplimiento de una tarea específica, prefieren lo fácil y rápido, de aquí vienen los actos delictivos como el hurto, robo, violaciones, entre otros.
Sus emociones predominantes son la ira y la frustración: prefieren mostrarse así mismos como malos, enfadados, obstinados y rabiosos, de esta manera tendrán una disposición casi inmediata del entorno para satisfacer sus necesidades, se asocia con el síndrome Bullying por mostrar rasgos abusivos en ciertas ocasiones para lograr su objetivo, el ejemplo claro es cuando observamos en las películas el joven que le quita el almuerzo o el dinero al chico que parece ser más débil.
Son capaces de asimilar su pasado para justificarse: hablar de lo mal que les ha ido en la vida, y las culpas que tienen los demás de su conducta parece ser el mecanismo de defensa más utilizado por individuos antisociales. Culpar a los padres, enemigos, hermanos, policías, autoridades, tiende a ser común en las personas con trastorno antisocial, debido a que el individuo es incapaz de ver que todo es parte de las consecuencias de su propia conducta.
Falta de confianza y venganza recurrente: las personas con trastorno antisocial de la personalidad prefieren mantenerse bajo perfil, esta situación dificulta un poco el abordaje con pedagogos, psicólogos o médicos, ya que el pensamiento recurrente de las personas con este trastorno de la personalidad, es que las personas que están ahí, están para dañarles u obligarlos a hacer algo que no desean hacer.
Consumo de sustancias psicotrópicas: esto puede estar relacionado con lo que hemos mencionado anteriormente de ir en contra de las normas sociales, las personas con trastorno antisocial de la personalidad son capaces de consumir cualquier droga con el fin de sentir que van en contra de un sistema social y que nadie puede decirles que hacer, esto va aunado al hecho de sentirse más dominantes y estar bajo efectos de sustancias estupefacientes.
Entre otras características, el individuo con trastorno antisocial siente miedo por las conductas que puedan tener contra él aquellas personas no tan allegadas como sus familiares y amigos, nos referimos a los adversarios, policías, pandillas, entre otros. Por las conductas que normalmente presentan estas personas tienden a tener muchos enemigos y con el paso del tiempo se verán involucrados en peleas, disturbios y en los peores casos la prisión o la muerte.
Los pacientes por TDHA manifiestan muchos síntomas, entre ellos los siguientes:
- Dificultades motrices, por ejemplo los niños pequeños suelen tener problemas para comer con cubiertos o para aprender a escribir en la escuela
- Falta de concentración
- Fácil capacidad de distracción
- Falta de memoria
- Reacciones lentas
- Fuerte impulsividad, ataques de rabia, por ejemplo
Normalmente, los síntomas del TDAH se manifiestan ya tempranamente, por lo general antes de los seis años. En el caso de los lactantes, los síntomas del TDAH se manifiestan en problemas para dormir, intranquilidad y dificultad para ingerir y digerir el alimento. Además, suelen gritar a menudo y estar inquietos y excitados. Algunos lactantes ya muestran retrasos en el crecimiento, que puede manifestarse en un aprendizaje tardío a la hora de caminar o hablar.
Los niños pequeños con TDHA suelen ser hiperactivos e imprevisibles en el trato, es decir, en su comportamiento; le resulta difícil hacer amistades. Algunos tienen fuertes ataques de rabia. En cuanto a la motricidad, suelen estar más atrasados que sus compañeros de edad y a veces tienen más dificultades con cosas como aprender a comer con cubiertos, por ejemplo. En la guardería los síntomas del TDAH suelen empeorar, ya que están sometidos a más estímulos.
En la edad escolar primaria, el trastorno atencional es muy evidente: los niños con TDAH suelen tener menos capacidad de retentiva, muestran legastenia, también con la aritmética, interrumpen la clase, están desequilibrados, son patosos y además agresivos. Como son imprevisibles, los demás niños suelen evitarlos. Los niños con TDAH suelen sufrir mucho con ello y a veces tienen una baja autoestima.

Cuando comienza la pubertad, se pueden volver obstinados, miedosos, depresivos o agresivos. A esta edad su ya baja autoestima termina frustrándoles. Algunos buscan refugio en el alcohol y otras drogas. También llaman la atención con un comportamiento arriesgado, por ejemplo, conducen tan temerariamente que suelen estar implicados en accidentes de coches.
En edad adulta los problemas ya presentes durante la infancia y juventud continúan. Los adultos con TDAH suelen carecer de certificado escolar y de formación profesional. También tienen problemas a la hora de mantener una relación sentimental durable. Siguen sin saber atenerse a las reglas y son propensos a saltarse las normas de circulación, por ejemplo. Otro síntoma en los adultos es que continúan mostrando problemas de atención y concentración.
Pero las personas con TDAH también tienen muchas características positivas: son muy creativos, inteligentes y están llenos de ideas. Además están siempre dispuestos a entusiasmarse y disponen de un acusado sentido de la justicia.
El médico o bien el psicólogo puede establecer el diagnóstico del TDAH sobre todo con la historia vital del niño, joven o adulto afectado. Aquí, el facultativo presta atención a determinadas señales, por ejemplo observando lo fácilmente que el niño puede distraerse, lo que indica un problema de concentración y de atención. Otros criterios importantes para el diagnóstico son la hiperactividad y la impulsividad. Sin embargo, el médico solo determinará un diagnóstico de TDAH si los síntomas son muy marcados y si se llevan produciendo durante largo tiempo (al menos seis meses). El testimonio de personas de confianza relevantes, como los padres, es de ayuda para aclararlo.
- La situación familiar
- El comportamiento social y de rendimiento
- Las enfermedades familiares
- Las complicaciones durante el embarazo, etc.
Las pruebas psicológicas han demostrado ser muy positivas para establecer un diagnóstico de TDAH seguro (por ejemplo, las pruebas de atención y los cuestionarios de cociente intelectual).
Además de la exploración física, el médico realizará otra neurológica para establecer las anomalías del afectado, ya que existen determinadas enfermedades neurológicas y psicológicas con un cuadro clínico similar: así es posible descartar que se trate de un problema de legastenia, epilepsia, manía persecutoria, de medicamentos o drogas, de tics nerviosos, psicosis o autismo.
Ningún TDAH (trastorno atencional) debe tratarse igual ni todos requieren un tratamiento. Lo importante es tratar el tema en profundidad con médicos, pediatras y psicólogos y asesorarse sobre la gravedad y el alcance del trastorno. Se comenzará un tratamiento a más tardar cuando el TDAH haya dado paso a trastornos psíquicos y sociales acusados. Tampoco existe un momento exacto para comenzar el tratamiento, ya que depende siempre de los síntomas individuales.

El objetivo de un tratamiento del TDAH es controlar síntomas tales como el déficit de atención, la hiperactividad e impulsividad del afectado. El tratamiento debe servir para que el paciente pueda integrarse socialmente, terminar su educación conforma a sus inclinaciones y aptitudes, así como construir una autoestima estable, y al contrario, debe servir para evitar que los niños y jóvenes con TDAH fracasen en la escuela o se conviertan en marginados sociales. Sin embargo, para un trastorno del metabolismo del cerebro no hay cura posible.
Existen diversas posibilidades para tratar en TDAH. El tratamiento multimodal del TDAH es el más recomendable. Consiste en una combinación equilibrada e individualizada de la explicación de la enfermedad y de las estrategias para superarla, más un a terapia conductual y un tratamiento con medicamentos. Algunos ejemplos son:
- Explicar qué es el TDAH y asesorar al paciente, su familia y educadores (profesores).
- Un entrenamiento para los padres.
- Una terapia conductual, que le enseñará nuevas estrategias de comportamiento y estructuras, así como la fijación de límites claros.
- Una psicoterapia, sobre todo en el caso de sintomatías acompañantes como trastornos del miedo, dependencias o depresión.
- Medicamentos.
- Adicionalmente, actividades deportivas regulares en grupo (equitación, escalada, judo o similares).
El denominado entrenamiento de combinación ha demostrado ser un tratamiento del TDAH muy prometedor. Consiste en implicar en igual medida al niño afectado, los padres y profesores en las actividades. Así aprenden, sobre todo, a mantener una jornada diaria regular y fiable.
Una parte importante del tratamiento multimodal del TDAH son los medicamentos que recetará el médico en casos graves. Sirven para inhibir la hiperactividad del niño afectado, volviéndole más atento, con lo que también aumenta su motivación para que rinda. Además ayuda a que los niños y jóvenes sepan controlarse a sí mismos más fácilmente. El objetivo del tratamiento con medicamentos del TDAH es evitar la marginación social y posibilitar los demás tratamientos (logopedia o ergoterapia, por ejemplo).
Los psicoestimulantes suelen aplicarse en muchos casos: el metilfenidato y la DL-anfetamina tienen efecto a nivel de las sinapsis, es decir, los extremos nerviosos sobre los que se transmiten las señales al cerebro. Las sustancias amplían ahí la duración del efecto de neurotransmisores como la dopamina y la noradrenalina con lo que restablecen el equilibrio perdido por culpa del TDAH. El 85% de los pacientes por TDAH responden al tratamiento con estos psicoestimulantes.
Como alternativa a este grupo de sustancias, el médico también puede recetar los denominados inhibidores selectivos de recaptación de noradrenalina (IRSN), como la atomoxetina, para tratar un TDAH. Estos excipientes influyen directamente sobre el neurotransmisor noradrenalina: inhiben la recaptación de noradrenalina por parte de las células, de manera que la concentración del neurotransmisor entre los extremos nerviosos (la grieta sináptica) aumenta.
Los posibles efectos secundarios de los estimulantes son, por ejemplo: falta de apetito, trastornos del sueño, ataques de llanto, dolores de cabeza o dolores de estómago. El efecto con metilfenidato es más rápido que con la anfetamina y según sea su forma de administración (las denominadas cápsulas de retardo que van suministrando la sustancia poco a poco) son más efectivas.
Terapia conductual por psicólogos
Un papel importante en el tratamiento del TDAH es la terapia conductual, una parte componente de la psicoterapia. En ella, los afectados por un TDAH aprenden a controlarse mejor a sí mismos y a comportarse “correctamente”.
Además, la terapia conductual le enseña cómo llevar los síntomas en el día a día. La meta es sobrellevar el trastorno atencional en la rutina diaria lo mejor posible y permitir al afectado tener una vida normalizada.
Otra parte fundamental de la terapia conductual pueden ser los procedimientos psicoterapéuticos que sirven para mejorar las habilidades motrices. Por lo general, la terapia conductual se realiza de forma ambulatoria y dura varios meses.
La terapia conductual hace que los pacientes con TDAH lleven mejor esta enfermedad. En la mayoría de los casos sigue siendo necesario aplicar otros tratamientos adicionales.
El TDAH puede desarrollarse de forma muy diferente. Las personas con TDAH (trastorno atencional) necesitan un tratamiento y asesoramiento adecuados, consecuentes, regulares y duraderos. De lo contrario, seguirán sufriendo problemas también en edad adulta: en más de la mitad de los niños con TDAH, esta enfermedad se mantiene cuando son adultos.
A veces el tratamiento del TDAH dura unos pocos años, otras, es para toda la vida. El objetivo es que el paciente pueda llevar una vida normal, que sea capaz de tener relaciones sociales adecuadas y una buena formación educacional para alcanzar un buen nivel de calidad en su vida.
El TDAH es una enfermedad frecuente y muy seria que puede provocar trastornos de la personalidad duraderos si no se trata.
Un TDAH condicionado genéticamente (trastorno atencional) no puede prevenirse. Sin embargo, las madres sí pueden evitar determinados factores de riesgo durante el embarazo, que podrían influir en la aparición de la enfermedad. Aquí entrarían sobre todo el tabaco y el alcohol.
El trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) o síndrome por déficit de atención (SDA) es una enfermedad de trastorno atencional especialmente grave. Los médicos también la denominan trastorno hipercinético (THC).
Se acepta generalmente que en la práctica, la prevalencia de este trastorno se sitúa aproximadamente en el 6% (3-10%). Esta prevalencia supondría la existencia en nuestro país de 400.000 niños y adolescentes afectados. Los varones están más afectados que las chicas en una relación de entre 1:2 y 1:6. El trastorno aparece desde la edad lactante hasta la adulta. En España un 4 % de los adultos padecen TDAH. En más de la mitad de los pacientes a los que en edad infantil o pubertad les fue diagnosticado un TDAH, los síntomas permanecen también durante la edad adulta. Sin embargo, con un tratamiento adecuado, los pacientes pueden controlar el síndrome y llevar una vida normal.
Los resultados de investigaciones científicas sugieren que la causa de un TDAH puede estar en un trastorno de la transmisión de la señales al cerebro. Posiblemente, muchos de los casos de TDAH tienen un condicionante genético. El entorno vital en el que los niños afectados por TDAH crecen puede debilitar o fomentar este problema; también el tabaco y el alcohol en el embarazo pueden influir en la aparición de la enfermedad.
Los síntomas característicos del TDAH son una baja concentración y una impulsividad, con o sin hiperactividad evidente, y síntomas acompañantes (excitabilidad aguda, cambios de humor y depresiones, falta de memoria, miedos, etc.). En la mayoría de los casos puede establecerse un diagnóstico con la observación y a través de preguntas al afectado; además, el médico puede obtener información relevante de personas de confianza como los padres, educadores y profesores, así como con pruebas neuropsicológicas y una exploración física.
El tratamiento del TDAH se realiza con métodos de asesoramiento, comportamiento y psicoterapia, y también con medicamentos. A veces el tratamiento dura unos pocos años, otras, es para toda la vida. El objetivo es que el paciente pueda llevar una vida normal, que sea capaz de tener relaciones sociales adecuadas y adquiera una buena formación educacional para alcanzar un buen nivel de calidad en su vida.

Las abreviaturas TDAH y SDA se refieren al trastorno por déficit de atención e hiperactividad y al síndrome por déficit de atención que son como los médicos definen un trastorno especialmente grave de la atención. Otras definiciones, en parte ya anticuadas para la enfermedad, con igual cuadro clínico son, entre otras, leve trastorno cerebral en la primera infancia, trastorno hipercinético o síndrome hipercinético (SHC).
TDAH no se refiere únicamente a la edad infantil, también incluye a afectados adultos. Según se exprese la enfermedad, podemos clasificar el TDAH en diferentes tipos: el tipo predominante de impulsos hiperactivos, el tipo predominante de déficit de atención y el tipo combinado.
El TDAH fue documentado por primera vez en 1845 por el neurólogo de Fráncfort el Dr. Heinrich Hoffman en su libro infantil Der Struwwelpeter (Pedro Melenas, uno de los libros de cuentos alemanes más traducidos, cuenta historias en verso cada una protagonizada por un niño con algún vicio o mal comportamiento). Pero no fue hasta el año 1987 cuando esta enfermedad recibió su definición médica definitiva de trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).
Según se recoge actualmente, el TDAH es el resultado de una transmisión errónea de información entre las células nerviosas. Aquí, la dopamina, un neurotransmisor, tiene un importante papel.
Las causas exactas del TDAH siguen sin estar aclaradas. Seguramente existen múltiples factores responsables de un trastorno por déficit de la atención e hiperactividad. Actualmente, se considera responsables principales a los siguientes tres desencadenantes de TDAH:
- Predisposición genética
- Desencadenante hereditario por complicaciones en el parto y el embarazo
- Circunstancias psicosociales
Una predisposición genética tiene como efecto un trastorno en la transmisión de las señales nerviosas. Apenas se constata la aparición del neurotransmisor denominado dopamina el cerebro cuando se sufre un TDAH. Esto provoca que el intercambio de información entre las células nerviosas se trastorne e impide que los estímulos puedan tramitarse correctamente. Por eso es por lo que los afectados tienen dificultades a la hora de controlarse.
No es infrecuente encontrar en la misma familia a hermanos, padres o familiares con síndrome de TDAH, aunque sea a nivel diferente. Es posible que existan varios genes responsables de la aparición de la enfermedad.
Los desencadenantes hereditarios, como por ejemplo el tabaco o el consumo de alcohol de la madre durante el embarazo no son las únicas causas originarias del TDAH, más probable es que lo favorezcan, en el caso de que exista una predisposición genética previa. Tampoco los factores psicosociales son los únicos causantes del TDAH. Sí es cierto que el entono vital en el que crecen los niños afectados de TDAH puede potenciar o debilitar la predisposición genética existente. Por ejemplo, se discute si las circunstancias de vida exterior y las experiencias drásticas, como la separación de los padres o una vivencia traumática, pueden favorecer la aparición del TDAH.
Otras posibles causas serían determinados cambios en el metabolismo cerebral del afectado: está comprobado que en este caso las sustancias transmisoras (los neurotransmisores), en especial la dopamina, no tienen un efecto óptimo en el área de los puntos de conexión de las células cerebrales (sinapsis). Con un análisis TEP (tomografía por emisión de positrones), los investigadores han demostrado que estas áreas cerebrales consumen menos glucosa que las de los niños sanos. Asimismo, los investigadores han comprobado que las personas con TDAH tienen menos volumen cerebral, sobre todo el lóbulo frontal es menor.
Todavía no se ha podido determinar científicamente el supuesto de que las alergias alimentarias o intolerancias puedan influir en los síntomas del TDAH o incluso ser su causa originaria.
TERAPIA DE PAREJA . Psicólogo especializado en terapia de pareja.
Terapia de Pareja, también denominada Psicoterapia de Pareja, es el tratamiento clínico psicológico que se brinda a ambos miembros de una relación sentimental, en su condición de enamorados, novios, esposos, convivientes, separados y/o divorciados, por parte de un psicoterapeuta o terapeuta profesional, debidamente capacitado y facultado por los respectivos organismos oficiales reguladores del país donde ejerce su profesión.
En una terapia de pareja, el psicoterapeuta se centrará fundamentalmente en mejorar la comunicación en la relación. De esta manera, se aprenderá a controlar los impulsos y emociones para afrontar y resolver los conflictos que puedan surgir de una manera más eficiente. Además, se enseñará a ver los problemas desde otra perspectiva, intentando relativizar los mismos sin que los personalismos, la soberbia u orgullo pueda distorsionar los juicios de valor.
Evaluación, diagnóstico y tratamiento de problemas de pareja.
La terapia de pareja (o psicoterapia de pareja) es el proceso eficaz para abordar y solucionar problemas de falta de comunicación, infidelidad, insatisfacción sexual, pérdida, maltrato, abuso, celos y celos patológicos, problemas con los hijos, problemas con las familias de ascendencia, choque de valores, a hacer frente a acontecimientos traumáticos, problemas de convivencia y afrontar (llegado el caso) la decisión de separación y/o divorcio, a través de la mediación para la evitación de conflictos y el fomento del mutuo acuerdo.
Psicólogo especialista en terapia de pareja e intervención familiar con 20 años de experiencia y consultas propias en la ciudad de Valencia. Equipo formado por los mejores psicólogos sexólogos y terapeutas de pareja, para la solución de problemas de pareja y cualquier problema que pueda surgir en el entorno familiar.
En primer lugar, el psicólogo realiza una evaluación de la situación (tanto en pareja como de forma individual, teniendo en cuenta las características personales de cada uno de los miembros de la relación) para conocer cuáles son los problemas que se tienen y si estuviesen planteados, los objetivos que se quieren conseguir con la terapia y definir así el tipo de intervención que se necesita llevar a cabo.
La duración de la terapia es siempre limitada en el tiempo, aunque el número de sesiones o consultas está en función de cada pareja, del número de conflictos a tratar, si hubiese que abordar problemas externos a la relación que pudiesen estar afectando,etc.
Durante la terapia de pareja se analizan los problemas que afectan a la relación para tener una mayor comprensión de ellos, aprender a resolverlos y analizar las diferencias de manera racional, a reconocer cuáles son las ideas o creencias erróneas que cabría modificar, a detectar cuáles son los comportamientos y actitudes que deben ser cambiados y aprender cómo hacerlo, a escuchar, comprender y aceptar a la otra persona así como aceptar las diferencias individuales.
Como en cualquier relación interpersonal, la relación de una pareja, puede atravesar por momentos de dificultad dependiendo de las circunstancias, los cambios personales y el paso del tiempo.
INTERVENCIÓN EN LAS SIGUIENTES ÁREAS:
– Problemas de comunicación.
– Divorcio, ruptura o separación: superar el duelo por la pérdida, fomentar la autonomía personal de cada miembro de la pareja y minimizar el impacto psicológico en los hijos.
– Celos y celos patológicos.
– Infidelidad.
– Problemas con las respectivas familias.
– Problemas de convivencia y de agresividad.
– Dependencia emocional.
– Problemas con los hijos.
– Toma de decisiones.
– Afrontamiento de acontecimientos traumáticos: enfermedad, muerte de un familiar, etc.
¿CUÁNDO ACUDIR A TERAPIA DE PAREJA?
Algunas parejas acuden a terapia para hacer crecer su relación, otras consultan en los casos en que lo consideran como una dificultad pasajera de resolver, y otras quieren resolver una crisis, revivir un deseo aplanado o comenzar un proceso de separación. Sea cual sea la razón, admitida o no, por la que la pareja recurra a la terapia de pareja, tendrán la ocasión de realizar un recorrido personal importante.

Usualmente las parejas encuentran en ellos mismos los recursos que les permiten superar sus dificultades, sin embargo, hay ocasiones en que los problemas superan los medios de los que disponen en ese momento para resolverlos, al punto de poner en riesgo la relación. En estos casos, estas parejas pueden beneficiarse mucho de una terapia de pareja, y es recomendado acudir con un psicólogo de pareja.
– Cuando la relación comienza a deteriorarse y no se va clara la salida.
– Cuando alguno de los miembros siente que la relación depende en mayor medida de él (“siempre tiro yo del carro”).
– Cuando ha habido una infidelidad pero existe la voluntad de superarla.
– Cuando hay una percepción de desigualdad.
– Cuando aparece un problema externo a la relación que es difícil de afrontar: enfermedad grave, problemas con la familia de origen, muerte de un familiar…..
– Cuando existe una constante y persistente intromisión o intentos de intervención de la familia política.
– Cuando aparece la insatisfacción sexual.
– Cuando sencillamente se quiere mejorar la relación.
¿CUÁNTO DURA LA TERAPIA DE PAREJA?.
La duración de la terapia suele ser limitada en el tiempo, aunque el número de sesiones dependerá de cada pareja, del número de conflictos a tratar, etc. Puede requerirse desde unas pocas sesiones para tratar un problema puntual hasta varios meses en casos de relaciones muy deterioradas.

¿FUNCIONA LA TERAPIA DE PAREJA?.
La terapia es mucho más eficaz si se acude nada más observar el malestar en la relación que si se deja pasar y pasar el tiempo hasta que el desgaste pueda más que cualquier cosa. De hecho, el porcentaje de éxito de una terapia de pareja está en torno al 70%. Sin embargo, es mucho más alto si la pareja acude antes, como mucho, dos años después de que aparezcan los primeros problemas.
Pero la realidad es otra bien distinta según reflejan diferentes estudios, centrados en parejas que acuden a consulta ya que se suele esperar entre cinco y seis años en acudir a terapia, a pesar de haber observado indicios de que la relación no funciona tan bien como les gustaría. En estos estudios no se contemplan a las parejas que nunca acudirán a terapia. Sea como fuere, la realidad es que, por desgracia, el perfil de parejas que acuden a consulta suelen ser el de una pareja que a pesar de saber que aún se quieren, llevan años acumulando frustración, enfados, decepciones, distanciamiento y frialdad.
La meta de una terapia de pareja
La terapia de pareja aspira en primer lugar a ayudar a la pareja a dejar los ataques personales uno contra el otro para crear un contexto favorable a la expresión de emociones subyacentes y por tanto favorecer una mejor comunicación. El objetivo es llevar la discusión al nivel del problema y ya no al nivel de la relación.
Uno de los principios de base que guía la resolución de conflictos de pareja es el principio de complementariedad, es decir que cada uno tiene una reacción que alenta y mantiene el comportamiento o la actitud del otro. Si uno no se siente comprendido o considerado o respetado, uno tiene reacciones como retirarse, el desentendimiento, que amplifican la falta de respeto, de escucha y de consideración.
La evaluación de este tipo de dinámicas por parte del psicólogo de pareja permite identificar, entender y modificar los mecanismos que conducen a la incomprensión y a la disputa.
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En una relación de pareja, la mayoría de veces aparecen pequeñas trabas o problemas que, en la mayoría de casos, tienen solución. La alteración del deseo sexual puede ser una de estas dificultades.
Hay que comprender y aceptar que el deseo sexual no es una emoción lineal en el tiempo. De una manera generalizada hay la creencia de que si una relación funciona, siempre tiene que existir este deseo erótico hacia nuestra pareja, que en parte es cierto, pero esto no implica que siempre se tengan que tener ganas de mantener relaciones sexuales o que se quieran expresar o manifestar del mismo modo.
Especialmente en las mujeres, el deseo erótico es muy cíclico; está muy relacionado con las hormonas y los ciclos menstruales y esto nos afecta a la hora de tener más o menos ganas de mantener una relación sexual. También la monotonía en las relaciones puede influir en estas ganas y, evidentemente, si hay problemas o preocupaciones externas (ya sean con la pareja, trabajo, estudios, familia, salud, etc.), también influirán en nuestra sexualidad.

Por todo esto es importante tener una pareja al lado que lo entienda. Para poner remedio, se tiene que hablar del tema, se pueden probar cosas nuevas (introducir posturas diferentes, juguetes eróticos, juegos sexuales, etc.) y sobre todo, no se tiene que presionar a un cambio de actitud inmediato.
El peor intento de solución a la falta de deseo sexual es la presión (ya sea física o psicológica) por parte de la persona más libidinosa de la pareja, o incluso, por la parte menos deseosa, accediendo a practicar sexo para no sentirse mal pensando que podría herir a la otra persona con un “ahora no me apetece”. El hecho de “sentirse obligado/a” a mantener una relación sexual no deseada en un momento determinado, puede provocar el efecto contrario, es decir, mayor inhibición del deseo sexual; además de otras emociones y sentimientos negativos.
Por lo tanto, si nos encontramos en esta situación de falta de deseo erótico, primeramente deberemos “normalizarlo” pensando cómo es nuestro deseo habitualmente y a lo largo de toda nuestra experiencia y, seguidamente, plantearnos si hay algún factor externo que nos pueda estar afectando o influyendo, o si lo que sentimos es monotonía en nuestras relaciones, o bien, si queremos continuar estando con nuestra pareja. También es importante recordar que una relación de largo recorrido no acostumbra a mantener una libido como la del primer día y esto también es difícil de asumir en algunos casos y/o para algunas personas.
La sexualidad individual y de pareja evoluciona y a veces no hacia las mismas latitudes, pero si hay comunicación y se intenta comprender, respetar y llegar a un equilibrio, se pueden encontrar soluciones y acuerdos.
Has experimentado falta de deseo sexual y ¿no sabes con quién hablarlo?… Le pasa a más personas de las que imaginamos y puede afectar a la relación de pareja. Consideramos que tenemos un deseo sexual inhibido cuando nos sentimos insatisfechos con nuestro deseo sexual y ésto nos genera un malestar acusado o dificultades de relación interpersonal. No hay una frecuencia establecida de relaciones sexuales que podamos considerar normal, ya que existe mucha variablidad. Si te sientes insatisfecho con tu deseo sexual o el de tu pareja puedes consultar a un sexólogo para realizar un coaching sexual que te ayudará a estimular el deseo y a que disfrutes más de tus relaciones sexuales.
La variabilidad en el nivel de deseo sexual de las personas es amplísima, haciéndose muy difícil definir cuáles serían los niveles “normales” en términos cuantitativos. Con tanta variabilidad, el valor discriminativo más importante es si la persona (o su pareja) se siente insatisfecha con su nivel de apetencia, es decir si experimenta falta de deseo sexual.
El funcionamiento del apetito sexual es parecido a los demás “apetitos”, como por ejemplo el hambre y el sueño, que representan la parte más instintiva del ser humano. Esto significa que la biología influye en el grado, intensidad y frecuencia con que tenemos dichos apetitos. No obstante, dicha tendencia es modificable mediante la práctica y el entrenamiento.
La falta de deseo sexual está afectando a la relación de pareja. ¿Qué hacer para evitarlo?
El bloqueo del interés sexual puede tener múltiples causas. Si llevas un tiempo insatisfecho con tu deseo sexual o el de tu pareja puedes consultar a un sexólogo. Realizar un coaching sexual te ayudará a identificar las causas de tu deseo sexual inhibido y te proporcionará herramientas prácticas para estimular el deseo sexual. En el coaching sexual se intenta superar la letargia o inercia con un “entrenamiento erótico” que tiene el objetivo de avivar la apetencia, exponiéndose a diversos estímulos de origen sensual/sexual.
Es habitual que si llevas un tiempo sin deseo sexual hayas empezado a evitar cualquier situación que pueda desencadenar en un encuentro sexual (una caricia, un beso, etc). Esta estrategia de evitación contribuye a que el problema se mantenga, de modo que “cuánto menos sexo practicas, menos deseo sexual sientes y cuánto menos deseo tienes, menos sexo practicas”.
Varones mayores de 40 años, víctimas de disfunción eréctil.
Los síntomas son de fácil reconocimiento, la ausencia o dificultad para lograr una erección y completar una relación sexual por tres meses o más.
En el mundo se estima que la disfunción eréctil afecta a los varones mayores de 40 años, en un 55 por ciento en forma leve, al 35 por ciento de manera moderada y al 10 por ciento en forma severa.
La principal afectación suele ser la autoestima, un gran porcentaje de los pacientes se resiste a reconocerlo y a recibir tratamiento psicológico y/o médico, lo que genera problemas en la relación de pareja o tensiones en el núcleo familiar.
De manera estricta, la disfunción eréctil no es una enfermedad sino una patología ya que no representa un riesgo o peligro en la salud del varón, lo que realmente se trata en esta consulta es la sensación de ansiedad que afecta física y emocionalmente a los hombres que la padecen.
Los síntomas son de fácil reconocimiento, la ausencia o dificultad para lograr una erección y completar una relación sexual por tres meses o más.
El diagnóstico consiste en un examen físico en testículos, pene, recto, sistema nervioso y flujo sanguíneo, a partir de los datos que el historial clínico arroje, se podrán recetar tratamientos que van desde los fármacos hasta psicoterapia y terapia sexual cognitivo – conductual cuando se presenten casos de estrés, ansiedad, culpa o depresión.
Es necesario contemplar factores de aparición como la medicación por enfermedades como antihipertensivos, depresión y otras enfermedades del corazón. Es importante descartar problemas como es la prostatitis.
Entre los factores de riesgo modificables se encuentran el consumo de sustancias ilegales, el consumo de alcohol, tabaco y falta de actividad física. Los especialistas en sexología recomiendan visitar al especialista una vez al año para descartar otras complicaciones infecciones o cáncer.
Es frecuente la disfunción eréctil o los problemas de erección.
La disfunción eréctil es un problema frecuente; de hecho, más del 50% de los hombres de edades entre 40 y 70 años experimentan disfunción eréctil en algún momento. Si tienes problemas de erección, no tienes que sentirte como si fueras el único.
La disfunción eréctil es un problema de salud sexual común entre los hombres. La disfunción eréctil afecta aproximadamente a uno de cada diez hombres. Por lo tanto no hay nada de lo que avergonzarse si tú o tu pareja experimentáis disfunción eréctil.Pero una buena parte de los casos de disfunción eréctil se pueden tratar.
Los cambios en el estilo de vida como el ejercicio físico regular y dejar de fumar también pueden ayudar a mejorar la disfunción eréctil.
La probabilidad de la disfunción eréctil aumenta con la edad. Más del 50% de los hombres entre 40 y 70 años experimentan disfunción eréctil.
Se estima que, en Europa, más de 30 millones de hombres tienen algún grado de disfunción eréctil y esto aumentará a aproximadamente a 43 millones en 2025.
Hasta el 80% de los casos con disfunción eréctil se deben a causas físicas. Sin embargo, para muchos hombres la causa de su disfunción eréctil puede ser tanto física como psicológica (por ej., estrés y ansiedad).
La disfunción eréctil también puede ser un efecto secundario de medicamentos que los hombres toman para tratar otras enfermedades.
Problemas de erección al llegar a los 50.
Cuando el varón entra en la quinta década de su vida, existen diversas situaciones que pueden provocar una Disfunción Eréctil o Problemas de Erección a los 50 años. Cuando se superan las cinco décadas de edad, se pueden dar o aparecen las siguientes situaciones:
- Baja la producción endógena de testosterona. Aparece la Andropausia o Síndrome de baja producción de testosterona.
- La convivencia con la misma pareja puede hacer que las relaciones sexuales puedan volverse monótonas y/o aburridas.
- Aparición de las enfermedades cardiovasculares, como la hipertensión arterial, aumento del colesterol…
- Un gran número de varones mayores de 50 años pasan por períodos difíciles en su vida laboral o profesional, necesitando medicación como anti-depresivos, ansiolíticos…
- Superados los 50, la grasa se deposita en la barriga, que produce cambios físicos.
- Una vez alcanzada la media centena no se realiza la misma actividad física con la regularidad necesaria para mantener una buena salud física y circulatoria.
- Las parejas del hombre a los 50 normalmente comparten la misma edad o cercana, con lo cual también pueden perder apetito sexual, haciendo que la frecuencia de relaciones sexuales sea menor.
- El sedentarismo impide llevar una dieta sana y variada.
Situaciones o hábitos que mejoran la disfunción
Al margen de recomendar los principales tratamientos para la disfunción eréctil existen una serie de hábitos o conductas que ayudan a recuperar la función eréctil. Algunas son las siguientes:
- Perder peso: corregir el sobrepeso es muy importante, ya que a menos peso mejor será la erección.
- Llevar una dieta variada: ésta debe incluir pescado azul, verdura y fruta…
- Se deben evitar malos hábitos como el consumo de alcohol o el tabaquismo.
- Evitar siempre que se pueda el consumo de antidepresivos o inductores del sueño.
- La práctica de ejercicio físico mejora la circulación y la oxigenación celular
- Hablar directamente con la pareja
- En el caso de que el paciente padezca diabetes, se debe coordinar con el endocrinólogo para mejorar los niveles de glucosa en sangre
Este es un tema que a muchos nos interesa porque a veces con el paso del tiempo las relaciones de pareja se deterioran o se vuelven rutinarias, con lo que nos podemos llegar a plantear si vale la pena seguir con la persona que estamos conviviendo.
El primer consejo que te daría es que pasaras a observar las cualidades positivas que tiene tu compañero/a, ya que a veces cogemos el vicio de sólo darnos cuenta de los fallos que comete, como si tuviéramos preparado un sensor para poder hacerle un reproche, entonces la relación se convierte en una competición que desgasta la pareja, por esta razón sería más aconsejable estar atento a sus virtudes y los comportamientos que realiza para agradarnos.
Podías probar un juego en el que hacéis una lista de por lo menos 10 cualidades positivas que tiene tu pareja y después os las podéis intercambiar, esto os ayudará a descubrir que la otra persona está valorando tus virtudes, aunque en el día a día no os lo manifestéis.
Cuidar la comunicación con la pareja.
Otra recomendación importante es cuidar la comunicación, ya que este es uno de los puntos de mayor conflicto, mejorar la comunicación implica saber informar, saber escuchar, expresar sentimientos y saber conversar.
- Saber informar: nuestro mayor objetivo es ser escuchados, para ello deberemos buscar el mejor momento y situación para que nuestro mensaje sea recibido, en cuanto el mensaje debemos procurar que sea coherente en lo referente a lo que decimos y cómo lo decimos, intentaremos iniciar la conversación reconociendo lo positivo que tiene nuestra pareja, evitando el reproche y la recriminación. Se pretende que nuestra información se perciba como una sugerencia, no como una crítica a su conducta o una exigencia, por esta razón deberíamos evitar generalizaciones con palabras como nunca, siempre, jamás y centrarnos en un hecho concreto del presente, no recordar acciones del pasado que no llevan a ningún lado. La sinceridad debe someterse a unos límites pensando en los efectos que tendrán nuestras palabras, por eso antes deberíamos plantearnos si lo que vamos a decir va a beneficiar o perjudicar la felicidad de la relación, podemos tener en cuenta la siguiente regla: “Toda información que pueda causar dolor y no beneficie a la relación de pareja no debe ser comunicada”.

- Saber escuchar: dentro de la pareja no escuchar al otro puede interpretarse como una falta de amor del otro, por tanto sería recomendable tener en cuenta ciertas normas como demostrar una actitud de escucha con nuestro lenguaje verbal y no verbal, ponernos en el lugar del otro para intentar comprenderlo, no emitir juicios de valor, evitar las interrupciones, pedir información sobre lo que se está hablando y ser flexibles en nuestro punto de vista.
- Expresar sentimientos: se trata de aprender a reconocer qué sentimos cuando nos sentimos alegres o tristes, y expresar nuestro reconocimiento cuando nuestra pareja tiene una atención hacia nosotros. No debemos de caer en el error de pensar que la pareja tiene que adivinar lo que sentimos y también de no reconocer o agradecer las conductas positivas porque creemos erróneamente que es una obligación de la pareja.
La siguiente recomendación sería trabajar las habilidades de resolución de problemas, ya que cuando se discute con la pareja normalmente lo que se busca es que la otra persona haga algún cambio, para la resolución del conflicto es necesario que uno se muestre receptivo y flexible ante las necesidades del otro.
Acceder a las peticiones del otro no debe verse como una sumisión o como un golpe a nuestro orgullo, tienes que tener en cuenta que las mejores parejas se construyen a base de pequeñas concesiones: hoy por ti mañana por mí.
En las parejas surgen problemas cuando se cree que no hay ninguna obligación de adaptarse al otro porque te tiene que aceptar tal y como eres, la típica frase que se dice es yo soy así.
Exposición del problema y resolución de conflictos.
Por supuesto, en las ocasiones en que ceder a las peticiones sea una humillación no debe hacerse. Para trabajar en esta área tenemos que aprender a exponer el problema adecuadamente y formular soluciones.
Parámetros para exponer un problema: Buscar un momento en el que podáis estar solos (sin hijos delante ni otras personas) y en un ambiente agradable.
- Ser positivos: Esperar a estar con un estado de ánimo tranquilo para hablar, si lo hacemos alterados sólo conseguiremos que la otra persona se ponga a la defensiva, por eso tenemos que intentar ser positivos, con un tono de voz normal, pero conciliador, reconociendo todo lo bueno que tiene la persona, aunque hay una actitud concreta que nos ha molestado. Además de preguntarle si desea hablar del problema que nos preocupa.
- Tener claro el objetivo: saber de lo que queremos hablar, plantearnos qué quiero conseguir, cómo voy a decirlo para no causar un problema más grande y por qué necesito exponer este problema. Las primeras veces te puede ayudar escribirlo en un papel.
- Ser claro: evitaremos palabras como siempre, nunca, jamás, porque parecen acusaciones y no definen el problema con claridad. Podemos plantear cómo nos gustaría que fuera la conducta, en lugar de insistir en lo que no nos gusta.
- Emitir los mensajes yo: se hace comunicando los sentimientos que experimentamos ante determinadas conductas suyas, la ventaja de este método es que con ello no se culpabiliza al otro.
- Ser autocrítico: saber reconocer nuestra parte de culpa en los problemas cuando hayamos contribuido a ellos. Es aconsejable mostrarnos flexibles ante sus argumentos y darle la razón si nos demuestra que la tiene.
- Tratar sólo un problema: elegir el que consideremos que más está afectando a la relación, y abordarlo por partes, de menor dificultad a mayor.
- Ser objetivo: buscar culpables o hacer interpretaciones no nos ayudan a solucionar el problema. Lo que necesitamos saber es qué nos disgusta y qué medidas se pueden tomar para solucionarlo.
Por último os aconsejaría que aprendiéramos a controlar las pequeñas peleas de pareja porque su diálogo implica agresividad, y porque pueden acabar siendo un hábito en la pareja. La alternativa a las peleas son las discusiones porque son un diálogo controlado en el que se tratan temas conflictivos sin llegar a perder el autocontrol.